martes, 26 de enero de 2016

El tercer manuscrito – Karl Marx.

Justo sería el iniciar en análisis de uno de los textos del pensador Karl Marx comenzando por una biografía del autor. Karl Heinrich Marx nació en Tréveris, el 5 de mayo de 1818, una ciudad de la Prusia renana. Su familia, de clase media, tenía un origen judío, pero se convirtió al luteranismo en el año 1824, esta conversión la inició su padre, Heinrich Marx, el cual trabajaba como abogado en la ciudad de Tréveris.

Allí fue donde Marx inició sus estudios básicos y cursó Bachillerato para después iniciar su formación universitaria en Bonn, formación que continuaría en las universidades de Berlín y Jena, en esta última se doctoró en filosofía en 1841 con una tesis sobre la filosofía de Epicuro. Será, sin embargo, en Berlín donde entre en contacto con un grupo de jóvenes hegelianos, ya que era el pensamiento predominante en aquella ciudad, allí pasará a hacerse socio de un club  llamado El Club de Doctores (Doktorklub), donde trabará amistad con Bruno Bauer, uno de los miembros destacados.
Llegado el año 1843 Marx se casa con la joven Jenny von Westphalen, perteneciente a la nobleza prusiana y cuyo hermano sería Ministro de Interior en uno de los periodos más reaccionarios, esto es tras la revolución de 1848. El padre de Jenny inició a Marx en su interés por las doctrinas racionalistas de la Revolución francesa y, a su vez, por los primeros pensadores socialistas. Marx se convirtió en un demócrata radical y pasó a trabajar como profesor y periodista hasta que sus ideas políticas le obligaron a dejar Alemania e instalarse en París. La revista en la que trabajaba se verá censurada y clausurada por las autoridades en 1843, por ello Marx, junto con su esposa Jenny, se traslada a París, buscando cobijo tras la frontera gala.

Una vez instalado comienza a colaborar con Arnold Ruge en “Los anales franco-alemanes” revista de la que tan sólo verá la luz el primer número, donde se verá publicada su “Crítica de la filosofía hegeliana del derecho” (Crítica donde, por vez primera, compara a la religión como el opio del pueblo: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo.”[1]) En París toma contacto también con el movimiento socialista francés, a través de las figuras de Proudhon y Louis Blanc, dos de los líderes de dicho movimiento, será también cuando conozca al anarquista ruso Bakunin e inicie sus estudios de la economía política inglesa, estudiando principalmente a Adam Smith y a Ricardo. Esto supondrá un giro significativo en su pensamiento.

La llegada en 1844 de Friedrich Engels a París, procedente de Inglaterra, hará que ambos pensadores retomen el contacto perdido entre ellos e inicien una colaboración duradera que comenzará a ver sus frutos un año más tarde, publicándose “La sagrada familia” en 1845, una obra que será crítica y contraria con respecto a las posiciones idealistas defendidas por Bruno Bauer, así como por sus seguidores.
Nuevamente, ese mismo año, Marx se ve expulsado de su hogar para ir a parar a Bruselas donde encontrará cobijo para continuar sus actividades políticas e intelectuales, que darán frutos como las conocidas “Tesis sobre Feuerbach” y en su otra colaboración con Engels “La ideología alemana”, que no será publicada hasta el año 1932, pero donde se ven ya contenidos los elementos principales de la concepción materialista de la historia.

En 1847 se asocia a la Liga Comunista, donde redactará los principios y objetivos de dicha Liga en estrecha colaboración con Engels, dichos principios y objetivos serán reconocidos en el archiconocido “Manifiesto comunista”, publicado en Londres en el año 1848. Ese año también se ve salpicado por una oleada revolucionaria que atraviesa Europa. En Bélgica se temía el éxito de la revolución y Marx será expulsado, sin contemplaciones, de la ciudad de Bélgica. Pondrá rumbo a Francia, invitado por el gobierno provisional. Más tarde, junto con Engels, decidirá regresar a Alemania, concretamente a Colonia, para participar en la revolución que allí se producía y que se saldará con un fracaso, allí editará la “Neue Rheinische Zeitung” por la que será puesto ante los tribunales de justicia, donde será juzgado y absuelto.

Nuevamente se trasladará a París tras la derrota de las insurrecciones de mayo de 1849, sin embargo será nuevamente expulsado de la ciudad por lo que se ve obligado a trasladarse a Londres, donde termina estableciendo su residencia, aun así la abandonará esporádicamente para realizar algunos viajes a Alemania y a Francia por motivos de salud y familiares. Será en Londres donde desarrolle la mayor parte de su obra escrita. Desgraciadamente su dedicación a la causa socialista le acarreará graves dificultades económicas, pero gracias a la ayuda de su amigo Engels será capaz de superarlas.
Como hemos mencionado anteriormente, nuevamente establecido, Marx desarrolla una intensa, y extensa, actividad intelectual en Londres. Prácticamente pasaba la mayor parte del día trabajando en la biblioteca del Museo Británico, será aquí- en la ciudad de Londres- donde culmine con su obra cumbre “El Capital”, y donde colabore también en el “New-York Tribune”. Sus trabajo sobre economía dan su fruto cuando publica en 1859 la “Contribución a la crítica de la Economía política”, donde se verá su teoría del valor, la piedra angular que soportará todos sus estudios sobre el capital. No por ello dejará su actividad política en el movimiento comunista internacional al margen, participará, en 1868, en la creación de la AIT, la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida también como la Iª Internacional. En el seno de dicha asociación se gesta el conflicto debido a las divergencias de los distintos grupos que la constituían, tanto los anarquistas como los socialistas franceses y alemanes, estas divergencias se centraban, sobre todo, al respecto de la hegemonía del Consejo General. Toda esta confrontación se saldará con un fracaso político para Marx al no conseguir este imponer su tesis sino formalmente, conseguirá, al menos, que la sede de la Internacional sea trasladada a Nueva York gracias al poder del que aún gozaba.

El primer tomo de su obra “El Capital” se publicará en 1867, los dos volúmenes que restan serán publicados por Engels póstumamente en 1885 y 1894. Marx escribe “La guerra civil en Francia” y organiza manifestaciones de apoyo tras la revolución de la Comuna de París en 1871, en su obra se interpretará a la Comuna como el primer intento de establecer una dictadura del proletariado.
La vida de Marx tocará a su fin el 14 de Marzo de 1883, un año más tarde del fallecimiento de su esposa, y sus restos pasarán a descansar en el cementerio de Highgate, en Londres.

Sin embargo Marx seguirá ejerciendo su influencia a través de sus discípulos alemanes como August Bebel o Wilhelm Liebknecht, los cuales serán figuras con un gran peso en el Partido Socialdemócrata Alemán desde su fundación en 1875, este partido será el dominante en la Segunda Internacional, creada bajo inspiración profundamente marxista, que será fundada en 1889. Engels asumirá el liderazgo moral de este movimiento y su influencia ideológica, junto con la de Marx, seguirá influyendo incluso durante todo el siglo venidero.

Podemos seguir analizando la influencia que tendrá el pensamiento de Marx ahora que conocemos su origen, este pensamiento se asienta en una crítica al socialismo anterior, socialismo que Marx calificó de utópico pese a tomar de él muchos elementos de su pensamiento. Este socialismo “utópico” venía a imaginarse cómo sería la sociedad perfecta del futuro y que, esta sociedad vería su cambio siguiendo el modelo de ciertas comunidades más avanzadas y conscientes de la necesidad del cambio, de este modo el mundo sería llevado “de la mano” a un estado perfecto e ideal.

En contraposición a este socialismo el que Marx y Engels desarrollarán será un socialismo científico, basado en una crítica sistemática al orden establecido (tanto a su estructura como a su súper estructura) y el descubrimiento de ciertas leyes objetivas que llevaran a la superación de este orden. La forma de acabar con esta sociedad burguesa no sería otra que la fuerza de la revolución, más allá de toda reforma paulatina y convencimiento gradual y pacífico. Estas ideas serán plasmadas en el “Manifiesto Comunista”.

Debido a que Marx quería evitar caer en utopías e idealismos no hizo más que esbozar el modo en que el Estado debería organizarse y cómo debería ser la economía socialista una vez se hubiera conquistado el poder. Esta carencia de definición, con el fin de evitar caer en ensoñaciones idealistas, dio lugar a interpretaciones muy diversas entre sus seguidores. Estos adeptos terminaron por escindirse en diversas ramas, distinguiéndose principalmente dos:

La rama socialdemócrata, orientada cada vez más a una lucha de carácter parlamentario y a la defensa de mejoras graduales, siempre salvaguardando y preservando las libertades políticas de cada individuo, sus máximos representantes serían Karl Kautsky, Eduard Bernstein y Friedrich Ebert.

Y una rama comunista, que será la que dará lugar a la Revolución bolchevique en Rusia y llevará al establecimiento de Estados socialistas que tendrán una economía planificada y una dictadura llevada a cabo por un partido único. En la URSS los representantes de esta ideología serán Lenin y Stalin, mientras que Mao Tse-tung será quien lleve a cabo este modelo en China.

Sin embargo, desgraciadamente, el pensamiento de Marx ha sido, sin ninguna duda, manipulado y tergiversado a lo largo de la historia y ha llegado a nuestro tiempo empapado en un tinte hediondo con el que, por supuesto, el estado capitalista en el que vivimos ha tenido a bien cubrir la figura de este pensador, sin duda como una forma de preservarse de él.

¿Qué es lo que ha llegado a nuestros días a cerca de la figura de Marx? Este pensador político y filosófico se nos presenta como uno de los adalides y fundadores del comunismo, como la inspiración de Lenin y Stalin, es asociado a un comunismo que, desde luego, si Marx viviese tacharía de burdo, vulgar y grosero, en resumen: mal entendido. Se hacen continuas referencias a Marx, tanto en la prensa como en los discursos, libros y artículos escritos tanto por profanos como por verdaderos estudiosos y doctos en la materia. Pero el pensamiento de Marx, al menos hoy día, está plagado de numerosas malinterpretaciones, ojear un artículo de prensa (por ejemplo) en el que se haga referencia tanto a Marx como al comunismo con el que se le asocia, es un ejercicio similar al de pasearse por un campo de minas.

Se considera que Marx, simplemente, pretendía, descuidando su verdadera importancia, un individuo bien vestido, bien alimentado y que descuidase las necesidades espirituales, sin comprenderlas y despreciándolas por entero. Se dice del pensador que buscaba un individuo “desalmado”. Esto es un error, como también lo es asociar a Marx a la imagen del “paraíso” socialista en el que los hombres son sometidos a una aplastante burocracia todopoderosa y estatal, los hombres- aquí - son meros individuos que han renunciado a su libertad en pos de alcanzar una igualdad, transformados en autómatas uniformados, marionetas que bailan al compás de seres amorfos y opulentos, una pequeña élite de burócratas que los hacen danzar a su antojo.

Es un disparate considerar esta idea, esta tendencia antiespiritualista y esta búsqueda de la uniformidad y la subordinación como propia de Marx. El fin que él buscaba no era otro sino la emancipación espiritual del hombre, su ruptura con las cadenas del determinismo económico que hacen presa de sus manos y pies, la búsqueda de la armonía con uno mismo, con sus semejantes y con la naturaleza, la búsqueda de la restitución a la totalidad humana. Esta es la verdadera idea de Marx. Una idea que tiende a la plena realización del individualismo, un fin que ya blandía en su mano las riendas del pensamiento occidental desde el Renacimiento y la Reforma hasta el siglo XIX.
Es terriblemente curioso que esta figura caricaturizada y tergiversada de la sociedad que Marx buscaba, una sociedad compuesta por hombres que no son hombres, sino meras mercancías, eslabones que conforman entre todos la gigantesca cadena que los aprisiona y los mantiene atados y unidos entre sí, hombres vacíos y más que huecos llenos de nada, esta sociedad no es sino otra que la sociedad capitalista en la que vivimos hoy día. Una sociedad en la que la única aspiración del individuo es atesorar cada vez una mayor cantidad de capital para satisfacer necesidades que no son realmente suyas, sino que han sido creadas por el propio sistema que se retroalimenta. Este Estado no sólo hace al individuo, además sea segura de que el individuo sea el que perpetúa este Estado mismo definiendo así los núcleos familiares (establecimiento de la familia “clásica”, relaciones monógamas, etc.) para garantizar su supervivencia. Esta ironía ya la advirtió Erich Fromm y dejó constancia de ella en su obra “Marx y su concepto del hombre”: “…quiero acentuar la ironía existente en el hecho de que la descripción que se hace del propósito de Marx y del contenido de su visión del socialismo corresponda casi exactamente a la realidad de la sociedad capitalista occidental de nuestros días.”[2]

La malinterpretación de Marx se basa en que su pensamiento es de carácter materialista, dicen sus detractores que este materialismo no es otra cosa que la instrumentalización y cosificación del ser humano, del hombre, transformándolo así en capital humano. Todo lo contrario, la filosofía, tanto de Marx como de Hegel, es de carácter materialista al afirmar que todo es producido realmente por el movimiento. La historia sería así una historia materialista (materialismo histórico) al estar producida por el movimiento y las acciones de los individuos que han vivido en ella en cada contexto histórico determinado. Los mismos filósofos clásicos ya eran materialistas, puesto que sostenían que la materia en movimiento era tanto el principio del Universo como por lo que éste estaba constituido. Lo contrario de este materialismo sería un idealismo, una filosofía en la que el mundo de los sentidos, variable y voluble, no es lo que constituye la realidad, sino las esencias o ideas incorpóreas, eternas e inmutables. El primer sistema filosófico al que se le aplicará el nombre de “idealista” será el de Platón. Pese a ser Marx un pensador materialista, en el sentido filosófico, apenas se interesó y trató estas cuestiones en Ontología.

Marx cargará contra un determinado tipo de pensamiento materialista, sostenido principalmente por estudiosos de las ciencias naturales, de su tiempo, este materialismo contrario a las ideas de Marx era aquel que sostenía que el sustrato de todos los fenómenos, tanto mentales como espirituales, se encontraba en la materia y los procesos materiales, un materialismo que decía que tanto las ideas como los sentimientos son perfectamente explicables como resultado de procesos corporales químicos. Como vemos aquí un pensamiento materialista y mecanicista muy similar (por no decir idéntico) al de La Mettrie, este pensamiento mecanicista era catalogado como un materialismo burgués, un materialismo, en palabras de Marx, “abstracto de los naturalistas que dejan de lado el proceso histórico”[3].

El materialismo de Marx conlleva el estudio de la vida, tanto económica como social reales, del hombre y de la influencia de este modo de vida que el individuo lleva en sus pensamientos. “… no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida.”[4] En otro fragmento de “La ideología alemana” escrita por Marx y Engels nos encontramos con otra frase en la que puede apreciarse su materialismo: “Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción.”[5]

Como podemos observar el materialismo histórico no es, para nada, una teoría psicológica, simplemente sostiene que el modo de producción del hombre es lo que determina su pensamiento y sus deseos, que no necesariamente tienen que ser sus deseos principales los de obtener la máxima ganancia material, sino que este “deseo” nos es impuesto por el sistema. De este modo la economía no se refiere a un impulso que sea psicológico, sino al modo de producción, un factor completamente objetivo, económico y sociológico.

Bien, antes de proseguir con el desarrollo del comentario sería conveniente aclarar algunos de los términos que Marx utilizará con mayor frecuencia y en los que se apoyará, como si de piedras angulares se tratase, a la hora de desarrollar sus escritos.

Comenzaremos con la enajenación, en palabras del propio Marx sería lo siguiente: “La enajenación del trabajador en su producto no significa solamente que su trabajo se traduce en un objeto, en una existencia externa, sino que ésta existe fuera de él, independientemente de él, como algo ajeno y que adquiere junto a él un poder propio y sustantivo; es decir, que la vida infundida por él al objeto se le enfrenta ahora como algo ajeno y hostil.”[6] Esta enajenación vendría mostrada, de forma parcial, al producirse “… el refinamiento de las necesidades y de sus medios de una parte, mientras produce bestial salvajismo, plena, brutal y abstracta simplicidad de las necesidades de la otra.”[7] Esta enajenación puede verse claramente en la obra Germinal, de Émile Zola, principal motor del naturalismo en Francia, cuando examinamos las condiciones de vida de los trabajadores, protagonistas de la obra, en la Voreux, una mina, donde se ven sometidos y alienados (término que analizaremos posteriormente) trabajando para el empresario. Estos trabajadores viven hacinados junto con sus familias, de la cual todos los miembros sin excepción se ven obligados a trabajar: “La vela alumbraba ya la habitación, que era cuadrada, con dos ventanas, y estaba ocupada con tres camas. Había también un armario, una mesa y dos sillas viejas de nogal, cuyo oscuro color se destacaba fuertemente del fondo de la pared, pintada de amarillo claro. En la pared se veían ropas colgadas de clavos, y en el suelo un cántaro junto a un cuenco de barro que servía de palangana. En la cama de la izquierda, Zacarías, el hijo mayor, mozo de veintiún años, estaba acostado con su hermano Juan, que acababa de cumplir once; en la de la derecha, dos pequeñuelos, Leonor y Enrique, la primera de seis años y el segundo de cuatro, dormían uno en los brazos de otro, mientras que Catalina compartía la otra cama con su hermana Alicia, tan pequeña y endeble para tener nueve años, que ni siquiera la hubiera sentido, si no fuese porque se le clavaba a menudo en las costillas la joroba de la enferma. La puerta vidriera estaba abierta, y por ella se veía el corredor y una especie de antesala, donde el padre y la madre ocupaban otra cama, junto a la cual había sido necesario instalar la cuna de la más pequeña, Estrella, que tenía tres meses no cumplidos.” “…Aquellas casas de ladrillos, hechas con gran economía por la sociedad minera, tenían unos tabiques tan endebles, que todo se oía. Vivían apiñados; no había medio de ocultar ni el más, pequeño pormenor de la vida íntima, ni siquiera a los pequeños.”[8] Esta enajenación del obrero lo lleva a vivir como un mero animal más, lo cosifica, deja de ser un individuo humano para ser un ser más cercano a la bestia o a la mera máquina. Resumiendo, esta enajenación no es otra cosa sino producto de la propia sociedad capitalista, siendo esta la separación de la masa de asalariados (proletarios) de los productos de su propio trabajo.

Una vez aclarada la enajenación pasamos a la ya mencionada alienación. Esto se da cuando el trabajador queda anulado por la propia actividad que realiza, no se siente dueño de sí mismo, en este caso sale de sí mismo para convertirse en una cosa que realmente no es; en resumen, describe la existencia de una escisión dentro del sujeto y trae como consecuencia que este sujeto pasa a comportarse de un modo contrario a su propio ser. El sujeto de esta alienación no es otro que la clase oprimida, el obrero o proletario, el causante sería la clase opresora, la burguesía, esta alienación queda demostrada con la existencia de las distintas clases sociales y el modo de superarla sería mediante una abolición de la propiedad privada, las clases sociales y la explotación del hombre por parte del hombre. Sin embargo existen otras formas de alienación además de la económica, serían la alienación política y religiosa, incluso la filosófica o moral (pese a que estas van muy ligadas a la alienación religiosa o espiritual)
Ya hemos definido, a grandes rasgos, la figura del proletario: un sujeto alienado y enajenado oprimido por una clase social “superior”, la burguesía.

También nos habla de la división del trabajo y cómo esta afecta a las relaciones interpersonales, Adam Smith dirá que la división del trabajo no debe su origen a la humana sabiduría. Es la consecuencia necesaria, lenta y gradual de la propensión al intercambio y a la negociación de unos productos por otros.[9] Esta división del trabajo será uno de los pilares fundamentales del capitalismo y de su alienación y enajenación del trabajador, con ella llegan las cadenas de montaje, la producción en serie que esclaviza al individuo haciendo que este deje de ser quien usa las herramientas para fabricar y pase a ser utilizado por la máquina como si de un apéndice de la misma se tratase. El proletario queda, de este modo, anclado a producir constantemente una misma pieza, y la misma una vez tras otra, piezas que serán ensambladas por otros en un trabajo puramente maquinal, mecánico, y donde el individuo no puede sentirse realizado de ninguna manera, no experimenta gozo en el trabajo realizado, tan solo vive para trabajar y trabaja para vivir. Esta división de trabajo surge debido a una propensión humana a la negociación para cubrir determinadas necesidades. Esta división aparecerá siempre supeditada al mercado esta división estará siempre limitada por la extensión de la capacidad de intercambiar o, dicho en otras palabras, por la extensión del mercado.”[10]

Resumiendo lo que llevamos visto hasta ahora, observamos que el obrero es una figura enajenada, alienada y sometido a la división de trabajo, la cual elimina todo posible gozo en la actividad productiva y lo encadena a la máquina, esta división de trabajo aparece motivada por el mercado y la necesidad de negociar. Es la burguesía quien tiene las riendas de este proletariado y quien ha logrado situarse por encima, manteniendo controlada a la masa con necesidades que le son ajenas y crea para satisfacer caprichos y placeres pasajeros que impida a la masa pensar, que les enajene aún más, que les aleje de sí mismos fomentando esta escisión.

Pasemos ahora a hablar de la propiedad privada en palabras del propio Marx: “Decir que la división del trabajo y el intercambio descansan sobre la propiedad privada no es sino afirmar que el trabajo es la esencia de la propiedad privada; una afirmación que el economista no puede probar y que nosotros vamos a probar por él. Justamente aquí en el hecho de que división del trabajo e intercambio son configuraciones de la propiedad privada, reside la doble prueba, tanto de que, por una parte, la vida humana necesitaba de la propiedad privada para su realización, como de que, de otra parte, ahora necesita la supresión y superación de la propiedad privada.”[11] Aquí se mencionan dos conceptos ya aclarados que son división de trabajo y el intercambio, la fundamentación de la sociedad mediante el interés particular antisocial.[12] No sólo es necesaria una supresión de la propiedad privada, sino que se precisa de una superación de la misma para liberar al individuo del yugo de la alienación y la enajenación.

Podemos pasar ahora a hablar de las fuerzas de producción, para Skarbek estas pueden dividirse en dos principalmente: las que son inherentes al individuo, como son la inteligencia del mismo y su capacidad para desempeñar determinadas tareas y las fuerzas de producción derivadas de la sociedad, como serían la división de trabajo (limitada por el mercado) y el intercambio. Para él el trabajo es simplemente movimiento mecánico, lo principal lo harían las propiedades materiales de los objetos mismos.

Conforme avanzamos en la lectura del texto nos encontramos con otro tema de vital interés en la obra, el dinero. Este constructo social posee ciertas cualidades que lo tornan indispensable para el sistema capitalista, estas cualidades son: su universalidad, puesto que es mundialmente reconocido su valor, su capacidad para apropiarse de todos los objetos, ya que todo tiene un precio en esta sociedad, este dinero es un ser con una esencia omnipotente, el alcahuete entre la necesidad y el objeto[13] (de dicha necesidad). El dinero sirve tanto de mediador para la vida de uno mismo como mediador para la existencia de otros hombres para ese individuo, para el otro hombre. Otros pensadores ya habían relacionado al dinero con esta idea, vemos por ejemplo en el Fausto de Goethe como es la figura de Mefistófeles quien introduce el “papel moneda” con el fin de generar este comercio, indispensable para el capitalismo, y hacer que este sea mediador entre la voluntad humana y el objeto de su deseo: “Un papel de esos, en lugar del oro y las perlas, es tan cómodo. Con ellos se sabe lo que se tiene. No hacen falta ni regateos ni cambios para embriagarse de vino y de amor.”[14] Para Shakespeare el dinero será la divinidad visible al tiempo que la puta universal.

Efectivamente, el dinero todo lo puede, es capaz de suplir cualquier carencia del tipo que sea, ya lo dice Goethe: “Si puedo pagar seis potros, ¿No son sus fuerzas mías? Los conduzco y soy todo un señor Como si tuviese veinticuatro patas.”[15] Este dinero es la verdadera fuerza creadora, suple cualquier tipo de demanda, capricho o carencia, sea esta “necesaria” y “real” o impuesta por el sistema.

Antes de pasar a la parte final de la obra a tratar considero pertinente hacer un pequeño repaso y definir, con mayor claridad, un cierto orden en el contenido del manuscrito.

En primer lugar Marx realiza una distinción entre lo que es para él el verdadero comunismo y el comunismo vulgar. El comunismo vulgar es aquel que busca anular la propiedad privada pasando así a una cierta “propiedad pública” o una colectivización, el comunismo verdadero busca superar esta propiedad mientras que el vulgar se limita a pasar de una sociedad formada por individuos capitalistas a una sociedad que actúa como un único individuo capitalista. Marx buscaba no solo superar esta propiedad privada, buscaba liberar al individuo de la enajenación y la alienación producida por el trabajo, el comunismo vulgar simplemente busca mejorar las condiciones de vida de estos trabajadores pero sin llegar a superar esta enajenación, simplemente acrecentando el salario de los trabajadores y permitiéndoles llevar una vida “más humana”. Marx buscaba mejorar la relación del hombre consigo mismo, tras esto que las relaciones entre los hombres mejorasen y, finalmente, que la relación del ser humano con la naturaleza alcanzase su cumbre al conseguir vivir éste en armonía con la naturaleza misma, objetivo que, sin duda, el comunismo vulgar no busca.

Define la figura del proletario como un apéndice de la máquina a la que se ve alienado y sometido, casi ofrecido a la Industria por el burgués como si de un sacrificio ritual a un demonio que se alimenta de carne humana se tratase. Este Wendigo[16] que es el capitalismo pervive en el tiempo alimentándose del proletariado, reportando beneficios al burgués. “El trabajo pediría cuentas al Capital, a ese dios impersonal, desconocido del obrero, acurrucado en alguna parte, en el misterio de su tabernáculo, desde el cual chupaba la sangre de los hambrientos que le hacían rico. ¡Se iría a buscarlo donde estuviese, se le vería a la roja llamarada de los incendios, y se ahogaría en, sangre a aquel reptil inmundo, a aquel ídolo monstruoso, ahíto de carne humana!”[17] Aquí vemos claramente la concepción del Capital en la obra de Zola.

Llegando a la parte final del manuscrito nos encontramos con una crítica por parte de Marx a la dialéctica hegeliana y, en general, a la filosofía de Hegel. Esta crítica se asienta fundamentalmente en un reproche hacia la mistificación hegeliana de considerar al Estado y la sociedad civil como una encarnación del espíritu, es decir, como un producto de la idea.

Marx encontrará armas filosóficas para rebatir a Hegel en Feuerbach, principalmente tras su lectura de “La esencia del cristianismo”, demostrando que no es la religión la que hace al hombre sino que es el hombre quien hace a la religión. Esto le permitirá comenzar con el desarrollo de ciertos aspectos de su materialismo y formular sus primeras críticas. Esta crítica es debida a que Hegel hace demasiado hincapié en la naturaleza sin preocuparse en los debidos términos de la política, Marx considera que la filosofía actual no podría llegar a ser nunca una verdad sin esta “alianza”. Este déficit materialista, tanto en Feuerbach como en Hegel, será la guía de Marx para abordar la filosofía del Derecho del Estado. Esta mistificación hegeliana se ve en su visión de que el hombre real, producido tanto por el Estado como por la sociedad civil, es producto de la idea o del Estado como encarnación de la idea del espíritu o la razón. Hegel presenta lo ideal como lo real y muestra a la sociedad civil como una determinación de la idea. Marx denunciará esta visión hegeliana de la realidad y se apoyará en su crítica a la misma para desarrollar su pensamiento político. “"A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los individuos dentro de la "sociedad civil".”[18]

Quizá sea esta parte final, la de la crítica a la filosofía hegeliana la que muestre una mayor dificultad en la comprensión y la asimilación de las ideas, esto se debe, en parte, a que Marx aún sigue empapado de esta dialéctica hegeliana que él mismo critica, esto hace más tortuoso el manejarse con esta parte final, de una increíble densidad y constantes vueltas sobre la misma idea. No por esto deja de ser menos recomendable la lectura de esta parte, pero para abordarla uno debe ir sobre aviso, además de tener unas nociones básicas tanto del pensamiento de Hegel como del de Feuerbach y, al tiempo, la influencia de ambos en la figura de Karl Marx.

Abandonando en esta parte de la exposición el texto me centraré en una reflexión personal a cerca del mismo.

Es complicado abordar esta situación, uno tiene demasiadas formas de hacerlo, podemos suponer que este Estado no es más que el reflejo de los individuos que lo conforman, pero de una forma magnificada, ya que si las acciones de un hombre comprometen a toda la humanidad de este modo la cosa se invierte, siendo las acciones de toda la humanidad- reflejadas en el Estado- las que comprometen a cada hombre individualmente. ¿Qué sería este Estado sino el reflejo del ser humano? Por otro lado, podemos sostener una postura contraria, al decir que el ser humano no es más que producto de este mismo Estado, en este sentido no sería un reflejo nuestro, sino que nos adecuaría a cada uno para que fuéramos nosotros un reflejo del Estado. Nos encontramos ante el problema del qué fue antes, si el Estado (o la necesidad inherente al individuo de un estado) o el individuo libre y desprovisto de este Estado que se ha hecho ahora, mediante la manipulación y el escultura de los individuos nacidos dentro de él, imprescindible para el hombre.

De conseguir el ser humano superar esta enajenación, esta propiedad privada y, con ello, la alienación ¿sería posible el siguiente paso? Ya no sólo el poder vivir en armonía con uno mismo, ni con los demás, sino vivir en armonía con la naturaleza en sí. ¿No sería esto una utopía también, un idealismo? Vería más factible que el ser humano pudiese convivir en paz con la naturaleza a que lograse hacerlo con uno mismo, quizás sea esta la parte más difícil. El mismo Heidegger ya deja clara la enorme dificultad que le acarrea al hombre el conocerse a sí mismo, “El Dasein habla de sí mismo, se ve a sí mismo de tal y tal modo, y, sin embargo, eso es sólo una máscara con la que el Dasein se cubre para no espantarse de sí mismo. Prevención de la angustia.”[19]  Así pues, ¿cómo puede el existente, el Dasein, el individuo, en definitiva: el ser humano, llegar a conocerse a sí mismo si vive ocultándose constantemente de sí y a sí mismo? Ya lo decía el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. (γνῶθι σεαυτόν - gnóthi seautón) Pero parece ser que esta actividad es, si no imposible o inalcanzable, terriblemente difícil y, desde luego, la sociedad capitalista actual en la que estamos sumergidos no nos ayuda en absoluto, todo lo contrario, busca sepultarnos bajo una montaña de objetos y consumismo exacerbado para evitar esa introspección, para evitar ese pensar y autoconocimiento. El propio sistema teme a quienes son críticos y los difama, distorsiona y tergiversa su figura o su pensamiento, como hemos visto en el caso de Marx. Aparentemente nos encontramos en una situación sin salida.

Vivimos en una sociedad que nos obliga a mantener la máscara y la llevamos puesta durante tanto tiempo que somos incapaces de quitárnosla, ya no sabemos dónde empieza la máscara y termina el individuo. Esta enajenación es tal que ha transgredido las barreras del trabajo y lo producido para asentarse en lo más hondo de nuestro ser, ha escindido al individuo en dos, en su máscara y en su “ser real en cuanto tal” y le obliga a mantener esta división constantemente durante tanto tiempo que llega a olvidar lo que es realmente.

Este conocimiento nos lleva a una nausea, a un pathos, nos encontramos ante un ser que más que estar vacío está lleno de nada. La vida se nos presenta como un espacio en blanco susceptible de ser llenado con cualquier cosa, con cualquier actividad, tantas posibles decisiones nos abruman, nos hacen lamentarnos constantemente y plantearnos si, quizás, deberíamos haber escogido una u otra opción. Nos mareamos y caemos en la apatía, limitándonos a vivir en base a una inercia, comportarnos como “debemos” comportarnos, ser como “debemos” ser, vivir como “debemos” vivir, en resumen, nos auto-cosificamos, poniéndoselo aún más fácil a este sistema que busca la cosificación de los individuos para manipularlos como una masa gris, como un capital humano.
Sin duda deberíamos hacer algo, no abandonarnos a nosotros mismos y dejar que sea este Estado quien guíe nuestros pasos en función de sus intereses capitales, debemos superar esta teoría con una praxis. Quizás podamos llegar a avanzar hacia una síntesis final y que esta sea positiva, no simplemente porque está en su condición de síntesis final el ser positiva, sino porque verdaderamente esta merezca ser llamada, desde un punto de vista humano, positiva como tal.







Bibliografía:
-        http://www.webdianoia.com/contemporanea/marx/marx_bio.htm (Consultada el 16/12/2015)
-        http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/marx_karl.htm (Consultada el 16/12/2015)
-        https://es.wikipedia.org/wiki/Karl_Marx (Consultada el 16/12/2015)


-        Émile Zola Germinal. Ed. Valdemar, 2004.

-        Marx, K. H. - El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1959

-        Marx, K. H. y Engels F. – La ideología alemana. Pueblos Unidos, Montevideo, 1958

-        Marx, K. H. - Escritos de juventud. FCE. México.1982

-        Marx, K. H. – Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. [Tercer Manuscrito] Biblioteca Virtual "Espartaco", enero de 2001

-       Fromm, E. - Marx y su concepto del hombre. (Marx's Concept of Man) Frederick Ungar Publishing Co., Nueva York. 1961

-       Marx, K. H. - Introducción a la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1968

-        http://socialistworker.org/Obrero/012/012_03_Enajenacion.shtml (Consultada el 17/12/2015)


-         Goethe J. W. – Fausto. Ed. Espasa Calpe colección Austral Teatro, Madrid 2007 (5ª edición)




[1] Marx, K. H. - Introducción a la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1968
[2] Fromm, E. - Marx y su concepto del hombre. (Marx's Concept of Man) Frederick Ungar Publishing Co., Nueva York. 1961 p. 9
[3] Marx, K. H. - El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1959, t. I, p. 303 n.
[4] Marx, K. H. y Engels F. – La ideología alemana. Pueblos Unidos, Montevideo, 1958, p. 25
[5] La ideología alemana. p. 19
[6] Marx, K. H. - Escritos de juventud. FCE. México.1982. Trad. Wenceslao
[7] Marx, K. H. – Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. [Tercer Manuscrito] Biblioteca Virtual "Espartaco", enero de 2001. p. 159
[8] Zola, É. – Germinal. Ed. Valdemar, 2004. p. 6-7
[9] Marx, K. H. - Manuscritos económicos… op. cit.   p. 171
[10] Ibíd. p. 173
[11] Ibíd. p. 176
[12] Ibíd.
[13] Ibíd. p. 178
[14] Goethe J. W. – Fausto. Ed. Espasa Calpe colección Austral Teatro, Madrid 2007 (5ª edición)
[15] Ibíd.
[16] Criatura mitológica que aparece en las leyendas de los pueblos algonquinos de la costa este y de la región de los Grandes Lagos, en Estados Unidos y Canadá, la cual se alimenta de carne humana.
[17] Zola, É. - op. cit. p. 137
[18] Marx, K. H. - New York Daily Tribune, 21 de julio de 1854.
[19] Heidegger, M. – Ontología. Hermenéutica de la facticidad.  Ed. 1987 p. 52-53

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