lunes, 4 de abril de 2016

Canibalismo ritual.

Antes de adentrarnos en el canibalismo de tipo ritual conviene dar una definición de lo que es propiamente el canibalismo y los tipos que se distinguen, que no son pocos.

El canibalismo es la acción, o costumbre, humana de comer carne de individuos pertenecientes a su misma especie, esto puede ser de forma individual o colectiva. Muchas veces se ha asociado con la antropofagia, que bien puede ser un sinónimo si se refiere a la antropofagia por parte de humanos o también, en este caso, es aplicable a todo ser vivo que coma tejidos humanos, excluyendo la sangre puesto que esto sería hematofagia.

Aclarado ya el concepto de canibalismo veamos qué tipos se distinguen dentro del mismo: en primer lugar tenemos el canibalismo de supervivencia, en este caso el tabú moral establecido por la sociedad occidental puede eludirse más fácilmente, puesto que este canibalismo se realizaría como último recurso para sobrevivir a situaciones extremas. Distinguimos también el canibalismo prehistórico, este se habría dado de forma previa a toda construcción moral, antes de que el concepto de “hombre” se definiera por completo, en este caso los individuos de distintas tribus nómadas no se percibían entre sí como iguales, sino como animales, por ello no es de extrañar que, por ejemplo, neandertales pudieran formar parte de la dieta de otros neandertales. Llegamos al tercer tipo, el canibalismo guerrero, el cual tiene muchas similitudes con el canibalismo ritual, por no decir que este último es una consecuencia del primero, los guerreros vencedores en la batalla ingerían la carne de los caídos, en una primera instancia con el fin de evitar el desaprovechamiento de la carne y con el paso del tiempo diversas connotaciones de tipo místico y espiritual irían entrando en juego, por ejemplo el devorar los músculos del enemigo para fortalecerse uno mismo o el honrar a los muertos, caídos en batalla o no, devorando su cadáver. Finalmente distinguimos el canibalismo patológico, el cual ha llegado hasta nuestros días, aquí incluiríamos a todos los individuos que, aun siendo parte de la sociedad, no acatan sus normas establecidas ni el tabú de comer carne humana, distinguiríamos aquí a los psicópatas o a los asesinos en serie por un lado y, por otro, a aquellos que simplemente comen carne humana sin la necesidad de matar a nadie, estos serían necrófagos. Pero, finalmente, nos centraremos en el canibalismo ritual, puesto que este es el objetivo del trabajo, el cual hunde firmemente sus raíces en el canibalismo prehistórico y guerrero.

En la noche de los tiempos el ser humano, o lo que era entonces el ser humano, vagaba por el mundo, errático desde que se puso en pie por primera vez, es entonces cuando se constituyen las primeras tribus nómadas nacidas de la necesidad de protección de los individuos, nacidas también de la necesidad de algo muy primario: la supervivencia. Todo esto es anterior al lenguaje, anterior a los conceptos, por tanto la idea de “hombre” estaba aún por constituir, el ser humano veía como semejantes a los miembros de su propia familia, o tribu, pero el resto de tribus se le hacían ajenas a sí mismo, no tenía ningún lazo con ellas y podía, perfectamente y sin remordimientos, devorar el cadáver de un caído, ya fuera de su tribu – pese a percibirlos como semejantes- o de cualquier otra. Distinguimos aquí el exocanibalismo y el endocanibalismo, el devorar la carne de enemigos o cualquiera ajeno a la comunidad o el ingerir a los familiares o personas pertenecientes a la tribu. Hay que tener en cuenta que todo esto es anterior a toda moral tal y como la conocemos actualmente.
Gracias a numerosos estudios ha quedado perfectamente demostrado que, en algún momento, el ser humano fue caníbal, por mencionar algunos estudios de los más importantes tenemos el descubrimiento realizado en la cueva de Moula-Guercy, cercana al río Ródano en Francia, aquí un equipo arqueológico descubrieron una notable cantidad de huesos humanos pertenecientes a el Hombre de Neanderthal junto a restos de ciervos prehistóricos, la antigüedad, se estima, era de entre 120.000 y 100.000 años. La posición de los huesos fue debidamente cartografiada, se tomaron notas de las herramientas de piedra presente, de las capas de sedimentos y los restos animales. Los huesos de neandertal provenían de unos seis individuos, todos los cráneos presentaban signos de haber sido fracturados postmortem, también presentaban marcas de descarnamiento, algunos cortes presentes en las articulaciones del pie, codos y tobillos demostraban que, intencionalmente, los tendones flexores de los dedos de los pies y el bíceps, además del tendón de Aquiles, habían sido seccionados. El uno de los casos la lengua fue cortada y en dos de los cadáveres más jóvenes en vida el músculo temporal había sido separado intencionadamente del cráneo. Los tipos de cortes y fracturas que podían apreciarse en los huesos de los ciervos indicaban que estos habían sido tratados del mismo modo. Para Defleur, el coordinador de los arqueólogos franceses y norteamericanos que hicieron el hallazgo, esta era una prueba concluyente de que los neandertales practicaron el canibalismo. Este Hombre de Neanderthal incomodó a la comunidad científica durante mucho tiempo, no sólo por su aspecto un tanto siniestro para los cánones occidentales, sino también debido a la antropofagia que, más tarde, se descubrió que practicaba. Se pensaba hasta hace no mucho que, debido a su incapacidad para hablar, la especie se había extinguido sin más, pero estudios recientes demuestran que poseemos, al menos, un 5% de material genético proveniente de estos neandertales, dando por falsa la hipótesis de que se extinguieron ya que, en realidad, se cruzaron con nuestros antepasados.

Otro de los casos en los que se demuestra que, en algún momento, todos fuimos caníbales se debe al descubrimiento realizado por John Collinge en 2003. Poniéndonos en antecedentes. Tras la II Guerra Mundial, Papúa Nueva Guinea se convirtió en una colonia australiana, el gobierno trató entonces de poner fin al sinnúmero de guerras tribales que tenían lugar allí, uno de los agentes destinados en esta misión pudo apreciar cómo la tribu fore era presa de una extraña enfermedad a la que denominaban kuru, esta enfermedad afectaba principalmente a las mujeres adultas en una proporción de 8 a 1 y los varones de la tribu parecían ser inmunes. Estudios posteriores realizados por Collinge demostraron que esta enfermedad era causada por priones, de forma similar a la conocida enfermedad de las vacas locas, y se transmitía de la siguiente manera: Las proteínas causantes de la enfermedad se alojaban en el cerebro, allí se dividían y esparcían, cuando este cerebro era ingerido las proteínas pasaban al nuevo huésped e iniciaban la tarea de “bombardear” el cerebro de este, provocando entre otros síntomas temblores, una risa incontrolable y, finalmente, la muerte. Se descubrió que esta tribu había adoptado costumbres caníbales debido a su contacto con otras tribus de la región y entre esas costumbres estaba el devorar a los difuntos. Pero ¿por qué entonces afectaba sólo a las mujeres? Bien, era tradición que los hombres devorasen los músculos –y en algunos casos el corazón- con la creencia de que esto aumentaría su masa muscular y su valor, en cambio las mujeres comían el cerebro, donde estos priones se alojaban, pasando a infectarse finalmente con la proteína en cuestión. Finalmente Collinge estudió en 2003 a algunas de las mujeres fore que, pese a haber participado en estos ritos funerarios, habían sido inmunes a la infección y descubrió algo bastante interesante, estas mujeres poseían en su ADN genes que codificaban versiones mutadas de esta proteína, conocida como PrPc, esta mutación denominada M129V las hacía resistentes al contagio de los priones. En otras poblaciones como la japonesa y otras situadas en el Este asiático se descubrió otra mutación denominada E219K que tenía el mismo efecto de “blindaje” frente a este tipo de priones. Finalmente 2000 personas fueron analizadas como representación de toda la población mundial y se descubrió que, al menos, el 63% presentaba una de estas dos mutaciones protectoras, el equipo de Collinge llegó finalmente a la conclusión de que estas mutaciones tenían una edad de 500.000 años y que habían sido transmitidas de generación en generación como resultado del proceso de selección natural. Esto vino a confirmar la idea ya desarrollada por diversos arqueólogos y confirmada por numerosos hallazgos paleontológicos, en un pasado todos los seres humanos fuimos caníbales.
Volvamos a esa noche de los tiempos, a los albores de la humanidad, estos seres prehistóricos concebían el canibalismo como algo tan natural como engullir una pieza de fruta, la carne humana constituía una parte más de su dieta. Poco a poco fue calando un cierto sentimiento de espiritualidad, aparecen las figuras de los chamanes, comienzan las representaciones pictóricas en las cuevas, podemos decir que, en cierto modo, la cultura entra en escena. Entonces se desarrolla la magia simpatética, surge la creencia de que lo semejante atrae a lo semejante, las pinturas tenían como objetivo atrapar la esencia de esos animales que aparecían representados, surgen los fetiches, los tótems, el arte nace como una suerte de hechicería. Los chamanes surgen como canalizadores de un cierto poder otorgado por los espíritus, también son, a su vez, intermediarios entre estos y el mundo material, de ellos nacen los rituales mediante los cuales se pretendía mejorar la caza, atraer a los animales o incitarlos a que se reproduzcan, proteger a los guerreros de la tribu, etcétera. Nace la inquietud por la vida más allá de la muerte y surgen los enterramientos o rituales mortuorios que tenían como fin facilitarle esa vida al difunto o, en el caso de algunas culturas, impedir que este volviera de entre los muertos.

Algunas tribus asimilaron y mantuvieron que el mejor lugar de reposo para un ser querido era lo más querido para ellos mismos, esto es: su cuerpo. Otras tribus lo concibieron como una forma de respeto al difunto, con el objetivo de evitar que su carne fuera devorada por los gusanos o se terminara descomponiendo bajo tierra. Otros pensaban que realmente así adquirirían las cualidades del caído e irían volviéndose cada vez más fuertes. Como podemos apreciar las creencias son variadas y todas llevan a la misma conclusión, a la ingesta del difunto, todo esto, sin duda, proviene de una necesidad anterior en la que se percibía el cadáver igual que se percibía el cuerpo sin vida de cualquier otro animal, simplemente ahora se le ha dado un matiz y unas connotaciones de carácter mágico-ritual.
La figura de este chamán o mago varía notablemente dependiendo de la tribu en cuestión, a diferencia del sacerdote que vendrá mucho después, este mago no se postra ante ninguna deidad o poder superior, reconoce que en la naturaleza un hecho sigue a otro y siempre y cuando se atenga a las normas de esta misma y ejecute correctamente su arte podrá hacer que la balanza de esta naturaleza se incline a su favor.

Surge la agricultura y el ser humano pasa de ser nómada a ser sedentario, se establecen y forman las primeras aldeas, las comunidades crecen y son más estables. Es entonces cuando el agricultor comienza a apreciar cómo una especia de fuerzas ocultas rigen esta naturaleza, las semillas descienden a las entrañas de la tierra y de ella surgen las plantas que después nutrirán a la comunidad, el cazador también puede apreciar esta especie de fuerzas que dictaminan la reproducción de los animales y el comportamiento de los mismos. Es entonces cuando comienza a surgir el culto a la Diosa Madre al irse personificando estas fuerzas ocultas, hasta ahora indiferenciadas. Con el fin de propiciar las lluvias, mejorar las cosechas, incrementar el número de nacimientos entre los animales, una vez se introduce la cría de estos, surgen ciertos rituales en forma de ofrendas. Esta magia ceremonial pasaría a buscar el beneplácito de las deidades o los espíritus que rigen estas fuerzas ocultas y mueven la naturaleza. Entonces los magos pasan a ser sacerdotes, intermediarios entre los dioses y humanos, ellos dictaminaban que los primeros frutos no debían ser recogidos, o que el primer cordero debía ser sacrificado, las primeras semillas quemadas, etcétera, como una forma de ofrendar a las deidades o espíritus responsables del funcionamiento de la naturaleza.

Pero el temor a posibles castigos por parte de estas divinidades o espíritus llega a inducir al hombre a realizar sacrificios humanos con el pensamiento de que para estas deidades ninguna víctima sería más apreciada que sus propios hijos, ya que como humanos seríamos –según su pensamiento- productos de estas divinidades creadoras. Estos sacrificios humanos serán más frecuentes en las culturas de la Antigüedad. Estos sacrificios humanos llegarían incluso a tener tintes de canibalismo, como es en el caso de las civilizaciones precolombinas, donde la principal “fuente de alimento” de los dioses aztecas se veía constituida, principalmente, por prisioneros de guerra, los cuales aceptaban su destino de ser ofrendados a los dioses, estos presos ascendían por los escalones de las pirámides hasta llegar finalmente a los templos, allí eran aferrados por cuatro sacerdotes, colocados de forma en que quedasen situados boca arriba sobre el altar de piedra donde eran abiertos con una incisión, a golpe de cuchillo ritual, de un lado a otro del pecho por un quinto sacerdote. Entonces este corazón de la víctima era arrancado y quemado como una ofrenda a los dioses. El cuerpo bajaba entonces rodando a lo largo de los escalones de la pirámide y al llegar finalmente abajo su cuerpo era preparado y servido a modo de banquete entre todos los asistentes a la ceremonia, reservándose los que eran considerados como mejores pedazos para los líderes.

Mencionaba antes el canibalismo guerrero como uno de los posibles precursores de este canibalismo ritual, pero antes de proseguir veamos la definición clara de ritual.

“Un ritual está compuesto por una serie de acciones, actitudes, emparentadas, marcadas o signadas por algún valor simbólico y que generalmente encuentran un sentido o razón de ser en el contexto de una religión o la tradición de alguna comunidad.”

Ahora veamos qué es un rito.

“Conjunto de prácticas establecidas que regulan en cada religión el culto y las ceremonias religiosas” o “Costumbre o acto que se repite siempre de forma invariable.”

El hecho de que los guerreros de las tribus devoren a sus enemigos caídos en combate ya constituye en sí mismo un rito, ya que es algo que se repite de forma invariable, al ser esto algo establecido como una tradición de una determinada cultura encontramos que el acto de comerse a sus adversarios constituye en sí mismo un cierto ritual, solo que este aparece, en un inicio, desprovisto de esa espiritualidad que lo caracteriza.

El acto de devorar a los caídos puede verse como una muestra de respeto o, por el contrario, como una demostración de la superioridad del vencedor sobre el vencido que sería humillado de esta manera. Para los griegos el acto de comerse a un ser humano era del todo execrable, puesto que se le negaba a este la posibilidad de ser enterrado de forma digna y quedaba reducido a un mero pedazo de carne a merced del apetito del vencedor. Sin embargo, para otras culturas, el devorar al caído en combate, o ciertas partes del mismo, era considerado una muestra de respeto. En ciertas tradiciones se pensaba que en el corazón residía el valor, en otras se creía que la sabiduría residía en el ojo izquierdo o en el cerebro, en cambio otras tribus o tradiciones devoraban las manos pensando que en ellas se encontraba la habilidad. Se concebía este acto de canibalismo como una forma de interiorizar al muerto y hacer que este, o al menos cierta parte del mismo, pasara a formar parte del comensal, es por esto por lo que en muchos ritos de carácter funerario el muerto era incinerado, molido, y sus cenizas eran vertidas en ciertos líquidos que pasaban a ser bebidos por los asistentes al funeral, de este modo se honraba la memoria del muerto haciendo que este pasara a ser parte de uno.
Sin embargo para las tradiciones occidentales este acto de antropofagia se considera algo execrable, en cierto modo debido a la importancia que el Cristianismo ha dado siempre al cuerpo ya que según la antigua creencia algún día este resucitará y volverá de nuevo a la vida, por ello es importante el preservarlo, esto excluye la incineración y, por supuesto, el canibalismo.

Lejos de quedarse en la prehistoria estos rituales han logrado mantenerse durante bastante tiempo, no sólo en las civilizaciones precolombinas, también en el marco de la brujería europea. Son muchos los rituales en los que se incluye la ingesta de carne, cenizas o sangre humana y todos estos fueron firmemente perseguidos y erradicados por la Inquisición, desde siempre se ha pensado que la sangre, concretamente, es el principio de toda vida y que, como tal, posee ciertas propiedades espirituales o mágicas. Para algunas tradiciones es en la sangre donde reside el alma, se ve esto también en el mito del vampiro, el cual ingería la sangre de sus víctimas y, con ella, parte de su esencia. Los sacrificios rituales fueron desapareciendo en Europa, quedando reducidos a las prácticas de Magia Roja, los hechiceros que llevaban a cabo esta suerte de rituales seguían ofreciendo sacrificios de carácter ritual, muchos de los cuales incluían antropofagia o hematofagia. Estos hechiceros solían ofrecer niños como holocausto o tributo a Satán o a un sinnúmero de demonios a los cuales pedían favores a cambio de estos sacrificios.

Un ejemplo de estos ritos bien podría ser el caso del mariscal francés Guilles de Rais, el cual, ayudado por satanistas, violó y dio muerte a más de 200 niños en sus castillos de Champtocé, Tiffauges y Machecoul. Prelatti, uno de los satanistas que le ayudó a cometer estas atrocidades, le convenció de sacrificar a estos niños en homenaje a un demonio llamado Barron, el cual requería como ofrenda las manos, ojos y el corazón de un niño, a cambio de esto, supuestamente, el demonio podría ayudarle a encontrar riquezas y tesoros ocultos al ojo humano.

En otros rituales como los oficiados por orden de madame de Montespan se incluían elementos de carácter caníbal como parte del mismo rito, esta marquesa temía dejar de gozar de los favores reales, ya que era la favorita de Luis XIV y para evitar que otra cortesana se interpusiera entre ellos llegó a contratar varias misas negras, oficiadas por el nigromante Guibourg, un cura renegado, y la famosa envenenadora parisnia Catherine Deshayes, también conocida como La Voisin, omitiendo partes explícitas de ritual diré que el objetivo del mismo era elaborar una suerte de filtros de amor con el objetivo de asegurarse los favores del monarca, estos filtros eran elaborados con, entre otras cosas, la sangre de un niño que era degollado en el nombre de Asmodeo y Astaroth, dicha sangre era recogida en un cáliz y, además de ser bebida por los participantes, era después mezclada con cenizas de dudosa procedencia y otros innobles ingredientes para elaborar estos filtros. Finalmente los tres fueron descubiertos y tanto madame de Montespan como el nigromante Guibourg lograron eludir la justicia para evitar que el rey se viera envuelto en un escándalo, pero La Voisin terminó siendo quemada viva en la hoguera.

Actualmente estas prácticas han sido suprimidas, aunque el canibalismo ritual se sigue manteniendo en diversas tribus perdidas y alejadas de la civilización, tribus que permanecen al margen de nuestra moral impuesta a lo largo de siglos de historia que nos prohíbe tanto matar a nuestros semejantes como comérnoslos.  Una imposición de estos valores sufrieron las culturas americanas previas a la llegada de los colonos cuando estos desembarcaron y se dedicaron a imponer sus costumbres con el objetivo de “civilizar” a los nativos. Es comprensible el impacto que en los conquistadores tendría el ver a los nativos devorando a sus muertos, a los guerreros caídos en combate o a los sacrificios humanos que eran realizados en honor a sus dioses. Según los conquistadores, el canibalismo era habitual entre los pueblos nativos en actos religiosos y tras las escaramuzas, para lo cual, de hecho, se llevaba sal a las batallas con el objetivo de poder salar a los enemigos muertos, de manera que su carne durase más tiempo, así podían volver con ella a sus poblados y repartirla entre sus familiares. Eran comunes entre la aristocracia azteca las prácticas habituales del canibalismo en actos de carácter religioso.

Ya hemos mencionado la existencia del canibalismo ritual como un tipo de ofrenda a los dioses, o a los espíritus, o también como una manera de obtener la sabiduría, la fuerza, el coraje y el valor del guerrero enemigo vencido en combate. Como ejemplo, el principio básico que servía como sostén de la antropofagia guaraní era, según se ha dicho, que una persona va acumulando una cierta energía en el transcurso de toda su existencia, y que esta energía, de algún modo, puede ser usada por otro con el objetivo de poder expandir la conciencia. El fin, el objetivo, vital de los guaraníes era el lograr trascender los límites de la existencia mundana, accediendo así a lo que ellos conocían como la tierra sin mal, un estado vital en donde una persona escapaba a todo tipo de daño e incluso a la muerte, estaríamos hablando de una especie de supresión del nivel físico de la existencia, algo así como una especie de ascensión de cuerpo y alma, por decirlo de algún modo que nos resulte más cercano. En esta tesitura, el acto de consumir la personalidad de una persona además de su cuerpo físico, confería al comensal un cierto incremento de energía, el cual sería imposible de conseguir de otro modo. De esta creencia surge el que los guaraníes no se comieran a cualquiera, tan solo a los mejores o más capacitados. Para ellos el canibalismo era parte de un camino de la perfección o, como ellos lo llaman, aguyé.

En algunos casos se ha utilizado lo aberrante que resulta para la sociedad civilizada esta práctica del canibalismo como un método de propaganda con el fin de justificar ya sea la expulsión, o persecución, de una determinada etnia o grupo religiosos, como fue en el caso de los judíos durante el reinado de los reyes católicos o de los cristianos en los tiempos del imperio romano, o como una vía para justificar la colonización de determinados pueblos o tribus, como fue en el caso de las civilizaciones precolombinas. Esto, al igual que en el caso de los cristianos, facilitó su criminalización y persecución, llegando a crear, como consecuencia de esto, la misión de evangelizarlos, civilizarlos y, al ser considerados inferiores en muchos casos, facilitó el verlos como esclavos y seres inferiores puesto que se les tachaba de inhumanos, ignorando el simple hecho de que su cultura era diferente a la de los colonos europeos.

Vemos como el canibalismo también está sujeto y, por tanto, depende de una determinada cultura, ya sea en base a su prohibición o a una aceptación, tanto social como religiosa del mismo.
Existen teorías al respecto que buscan explicar este canibalismo, entre ellas las de Freud, estas teorías que analizan la interpretación de estos ritos afirman que la el acto de torturar, el sacrificio posterior y el canibalismo final se podrían apreciar como ciertas expresiones de instintos de amor y agresividad, en distintos grados. El canibalismo se ve como la forma fundamental y de las más primitivas dentro de la agresividad humana debido a que supone una especie de compromiso entre el amar a la víctima, lo cual quedaría reflejado en la ingesta de la misma, y matarla, aquí entraría el sentimiento de frustración, es decir, matamos a la víctima y la torturamos porque nos frustra. Este tipo de proceder explicaría por qué las víctimas son tratadas con una enorme amabilidad antes de iniciar su tortura, siendo agasajadas con finas prendas, banquetes, y todo tipo de lujos de forma previa al ritual.

Queda demostrado de este modo cómo nuestros inicios se deben al canibalismo, como nuestro desarrollo espiritual posterior se debe al sacrificio de nuestros semejantes y la gran importancia que el canibalismo, no sólo el ritual pese a ser el foco de este trabajo, ha tenido desde siempre en nuestra existencia y desarrollo como especie. Cómo la supresión y el tabú del mismo se deben a la cultura y a la influencia del pensamiento griego en la misma. Esto explicaría el cómo puede repugnarnos tanto el hecho de ver casos en los que un humano devora a otro, ya sea por el motivo que sea, tan interiorizada tenemos la cultura que forma parte de nuestra naturaleza casi por completo.

Bibliografía:
-Caníbales y Reyes, de Marvin Harris.
-Historia natural del canibalismo, de Manuel Moros Peña.
- https://es.wikipedia.org/wiki/Canibalismo (Consultado el 07/03/2016)

viernes, 18 de marzo de 2016

Temporalitá.

Muchas veces nos hemos preguntado acerca del Tiempo, generalmente las preguntas se refieren a la cantidad del mismo, cosas cómo ¿Cuánto tiempo queda para x? o ¿Cuánto tiempo me queda de x? y, una muy curiosa, ¿Cuánto tiempo me queda/ queda para x? En esta última afirmamos poseer esta temporalidad de la que somos dueños, aquí ya adivinamos, en nuestro hablar cotidiano, sin tener que entrar en graves consideraciones metafísicas, que nuestra temporalidad nos es propia, tan propia como nuestra vida.

 Aquí vemos que tenemos tiempo, nos pertenece un puñado de arena de éste gran reloj en relación al cual vivimos. No vemos el tiempo como tal, pero podemos percibir cómo este pasa y los efectos que tiene, al igual que ocurre con nuestra vida, no podemos verla como tal, no accedemos a ella plenamente –puesto que no estamos plenos hasta que todas nuestras experiencias han finalizado y morimos-, pero sentimos su transcurrir y somos capaces de apreciar sus efectos, todos estos “efectos secundarios de estar vivos”.

Hemos visto que con respecto al Tiempo la pregunta más frecuente es en relación a un cuándo, pero también pueden hacerse otras, la que le sigue en el orden de las más comunes es la del qué. ¿Qué es el tiempo? Aquí afirmamos que el tiempo es algo susceptible de ser algo en cierto modo tangible, dirigimos la pregunta al tiempo-mismo, lo marcamos como objetivo con un qué y lo cosificamos al encadenarlo a este qué. Aquí ya lo estamos tratando como cosa.

 Pero ¿podemos cosificar algo así? ¿por qué cosificamos algo tan inabarcable como el tiempo, o la vida? Es tanto nuestro miedo a algo tan grande que tratamos de contenerlo, de delimitarlo como si de conceptos platónicos se tratare, lo encapsulamos dentro de un perímetro, lo intraeidético, en este caso el tiempo, sería infinito, pero un infinito contenido dentro de un qué, dentro de un algo. La respuesta es sencilla: Nosotros somos el tiempo, el existente es un ser temporal, su vida depende del tiempo mismo, pero a su vez este tiempo también es dependiente de la vida. Se "es" en un lugar, pero cuando se "es" se "es" tiempo. Sin vida no habría tiempo, puesto que no habría seres para medirlo, y sin tiempo no habría vida, ya que no habría una temporalidad en la que esta pudiera suceder. Esta dependencia, como bien podemos apreciar, no es una dependencia jerarquizante que busque ordenar o colocar un concepto sobre otro, se trata más bien de una co-dependencia. Uno precisa del otro y viceversa.

Vayamos más allá, tenemos el cuánto, la cantidad, y también tenemos el qué, la cosa. Por tanto ya podemos jugar y tratar con “cantidades de cosas”, cantidades de tiempos o cantidades de temporalidades, que no es lo mismo. Y ahora ¿dónde es el tiempo? Es decir, ¿precisa éste de un lugar en el que existir como tal?

 Bien, no precisa de un espacio físico en el que poder incidir, como un rayo de sol a través de un cristal, no necesita de una materialidad para ejercerse a sí mismo. El tiempo transcurre de forma contable (¿Cuánto tiempo?) pero no matematizable. Podemos definir las coordenadas x, y, z, pero no podemos definir el tiempo, el tiempo no se encuentra en un ahí físico. En la matemática también vemos como los números se suceden de una forma intemporal, el 2 viene tras el 1 y antes que el 3, pero esto es sólo estructuralmente, no tiene por qué ser temporalmente. El 3 puede darse como resultado de restar 4 a 7 y no necesariamente después de haberse dado el 2. El tiempo no necesita de un espacio en el que proyectarse para definirse.

Cuánto, qué y dónde. ¿Cómo es, entones, el tiempo? Podemos intuir un interrogante por el cómo este se nos da o cómo este se nos aparece, es decir, diferenciando entre el modo de darse del mismo o la apariencia de éste. La última podemos descartarla, puesto que el tiempo no es un ente material, puede ser cosificado como idea, pero no materialmente.

 Sólo podemos preguntarnos por cómo este tiempo se nos da, esto ya es algo propio de cada individuo como ya ha quedado claro que cada individuo es temporalidad, una temporalidad tan propia como su vida, igual que la respuesta por el cómo se nos da la vida, el cómo del darse del tiempo se responde sólo con la subjetividad, no es algo objetivable. Cuando estoy esperando el metro esta espera puede hacérseme eterna y, debido a factores externos como cansancio, hambre, frío, etcétera, esta espera puede antojárseme mayor. Quizás haya pasado el mismo tiempo, o menos, que cuando me estuve divirtiendo antes de tomarlo, probablemente haya pasado muchísimo tiempo menos, pero esta espera se me hace mucho más pesada que cuando estaba, no esperando al tiempo, sino viviéndolo. Vemos que el tiempo es algo que está proyectándose constantemente hacia el futuro y puede apreciarse volviendo la vista atrás, hacia el pasado, pero por desgracia el presente no es muy vívido. Esto es debido a nuestra preocupación por vivir en relación a una proyección, vivimos eyectados, arrojados hacia la temporalidad, vivimos marcándonos metas en relación a este futuro que se nos antoja más o menos lejano, no sólo debido a que las manecillas del reloj deban dar más o menos vueltas para alcanzar el día deseado, sino en relación a las ganas, a la impaciencia, porque ese día llegue.

Hagamos inventario de lo que hemos tratado ya, en primer lugar fue el cuánto, después el qué, luego el dónde y ahora el cómo. Podría parecer que nuestro análisis ha concluido, pero nos falta algo quizás tan retorcido que podría pasar por alto en un análisis no demasiado minucioso de nuestro ya mencionado inventario de interrogantes. Así es, nos falta quizás una de las más decisivas de todas las preguntas sobre el tiempo ¿Cuándo es el tiempo? Vaya, puede dejarnos descolocados el tratar de acceder a lo que es la temporalidad desde la misma temporalidad, formulando el cuándo, que ya es por sí dependiente de un tiempo, para acceder a ese tiempo.

 Nos encontramos en arenas movedizas, podemos decir que el tiempo no precisa de un cuándo para ser tiempo, ya que es él mismo quien se da esa temporalidad y, por ende, no es necesaria una inter-intemporalidad entre el tiempo y la existencia, no se precisa de una segunda temporalitá catalizadora que permita el correcto discurrir del tiempo, como un agente engrasante en los engranajes de un reloj. Hemos asociado el tiempo a la vida, pero existe una salvedad entre lo que es nuestra vida y lo que es la temporalidad, nuestra vida es finita, tiene su inicio y su final, nuestra temporalidad también lo es, nacemos y más tarde o más temprano morimos, lo nuestro es finito, el tiempo mismo no lo es, la vida misma no lo es. Cuando no estemos aquí nuestro tiempo y nuestra vida habrán tocado a su fin, aquí podemos preguntarnos por cuándo vivimos, entonces podemos responderlo: aquí. No podemos responder a ¿cuándo es el tiempo? Porque el tiempo es siempre.

Cuando preguntamos por el tiempo preguntamos por nosotros mismos, preguntamos cuánto nos queda, nos queda de nuestro tiempo, nos preguntamos por qué es, qué es nuestro tiempo, también nos interrogamos acerca de dónde es el tiempo, si es posicionable o no, acto seguido nos hemos inquirido por cómo es este tiempo, tiempo nuestro, por supuesto, y, finalmente, la pregunta ha sido ¿cuándo es el tiempo? Tenemos, pues, que distinguir lo que es nuestra existencia, nuestra vida, es decir, nuestro tiempo de lo que es el tiempo mismo, la vida misma, es decir, la existencia misma.


 A modo de reflexión final podemos deducir que el tiempo mismo es inaccesible, pero es inaccesible porque no se encuentra en ningún lugar al que seamos capaces de acceder, el tiempo no "está ahí", es siempre una proyección hacia el futuro que pasa a ser un abandono en el pasado. Proyectamos tanto nuestra vida y miramos tanto la vida que dejamos atrás que no vivimos la que ahora tenemos. 
Podemos aspirar, por otra parte, a acceder al tiempo que nos pertenece, a nuestro tiempo, nuestra vida. Podemos vivir en lugar de proyectar esta vida, debemos ser en cuanto a acto en lugar de en cuanto a potencia, abandonamos el presente en pos del futuro y lo descuidamos al lamentarnos por lo pasado.

miércoles, 24 de febrero de 2016

El capitalismo vitalista y su visión desde una perspectiva de muerte en Martin Heidegger.

Como bien hemos visto en clase existe una concepción en la filosofía de Martin Heidegger del negocio, este negocio se refiere a las ciencias formales – la física, la biología, las matemáticas, etc.- ¿Por qué llamarlas el negocio? Bien, lo que buscan estas cosas es, al contrario que cualquier filosofía que se precie, es el acceso al qué de las cosas, una cosificación de todo lo que se nos da, tanto de las cosas y cómo se nos presentan como de sus posibles aplicaciones, al mercado por supuesto. Este negocio persigue la materialidad más absoluta, lo más “práctico”, sí, pero este pragmatismo es completamente material y está orientado al consumismo y, en resumen, a fomentar este sistema capitalista que nos arrastra consigo.

Bien, mencioné, hace unas pocas líneas, el pragmatismo, lo práctico. ¿A qué me refiero con esto? Es evidente, esta visión que nos han impuesto desde siempre (perteneciente a lo ya-interpretado y a nuestra doxa particular en forma de prejuicios) de buscar lo rentable, esta forma de pensar es la que busca anular el pensamiento filosófico de la enseñanza, busca fomentar las ciencias formales que pueden dar unos frutos técnicos, visibles y a los que puede sacársele rentabilidad económica. Básicamente es el sistema en el que vivimos, un sistema que presume de racionalidad, pero como se dice en Fausto, de Goethe, “el ser humano utiliza la razón para ser más bestial que toda bestia”, que podamos ser racionales no implica que lo seamos siempre (y a veces no lo somos nunca) pero aun así presumimos de ello y alegamos que es inherente a nuestra condición humana.

Esta racionalidad de la que presumimos y hacemos ondear como el estandarte de la humanidad es la responsable de las guerras, el hambre, la pobreza, el capital, la corrupción… Como vemos no somos tan racionales después de todo o, igual, tenemos otro concepto de “razón” distinto que no estamos dispuestos a admitir, quizás sea más humano el ser inhumano.

Retomemos el hilo inicial del discurso, se mencionó en la última conferencia de La filosofía como terapia en la sociedad actual algo a cerca de la visión del carpe diem y el  memento mori y cómo esta visión, en apariencia vitalista y jovial que parecen un auténtico grito de “¡Sí a la vida! no son más que constructos ideados para hacer más llevadera la existencia en base a un horizonte vitalista y vacío, un horizonte que implica una perspectiva de consumo exacerbado, una vorágine de capitalismo pura y dura. ¿Qué cómo es esto posible? Bien, si el negocio, y aquí no me quedo en las ciencias formales sino que incluyo toda visión ya impuesta, tanto filosófica como religiosa o moral, “vende” la finitud de la vida, pero de una vida vacía y abierta a todo, “vende” también un cierto cómo, este cómo no es otro que el cómo llenarla.

Me explico, si tomamos como horizonte la vida estamos tomando una perspectiva que implica un absoluto vacío, la vida nunca está llena del todo hasta que el existente –por utilizar un lenguaje más heideggeriano- toca a su fin y abraza la muerte. Tomando esta perspectiva vitalista que le interesa al capitalismo trataremos de llenar nuestra vida consumiendo constantemente, como monstruos megalómanos ansiosos de acaparar constantemente más y más, pensando que este afán acumulativo nos traerá la felicidad, cuando lo único que hace es seguir engrasando los mecanismos del sistema capitalista, del negocio, que no para de retroalimentarse y auto-perpetuarse gracias a la esfera de lo impropio, de lo ya-establecido, en la que se hunden las raíces de nuestra educación y tradición. Es, en realidad, una condición inherente al Dasein el sentirse vacío, pero esto no es malo, al contrario, implica que el existente es un ser abierto, de sentirse repleto y lleno se cerraría en sí mismo y no buscaría acceder a nada ni el ir más allá de lo que se le da. El único modo de abrazarse a sí mismo, de encontrarse y conocerse, es transitorio y sólo puede conseguirse aceptando nuestra propia existencia, esto es, aceptando nuestra finitud.

Sería menos patológico aceptar un horizonte de muerte en el que proyectar nuestra vida, por muy contradictorio que esto pueda sonar, uno no debe temer a la muerte o comportarse como si esta nunca le fuera a sobrevenir, esto es un error. Aquel que acumula riquezas sin fin, espoleado por el sistema capitalista, es aquel que niega la finitud de su vida, que se cree una especie de deidad inmortal y trascendente. Debemos proyectar nuestra vida sobre el horizonte de la muerte puesto que esta, al contrario que la vida, está completa y no cabe en ella más que una total certeza de que terminará llegando, no se la debe temer, esto es lo que le interesa al negocio, a la medicina, a la farmacología, la necesidad de prolongar la vida hasta límites absurdos aunque esta vida prolongada no pueda llamarse vida, propiamente, como en el caso del paciente que está en coma, conectado a una máquina y sin ninguna posibilidad de volver en sí. Esta perspectiva engañosa y vitalista tan sólo busca su interés particular, busca alimentarse de la agonía, que comporta el estar vivo, de los existentes que participan en ella.

Nos encontramos como esta perspectiva de vida no es más que un parásito, una especie de vampiro, que se alimenta de las esperanzas vanas del ser humano por llenar su vida, cuando estamos, en cierto modo, condenados al vacío. Esto nos aterra, nos damos miedo a nosotros mismos, por esto mismo llevamos “máscaras” forjadas a base de ideas preconcebidas, prejuicios, ya impuestas por nuestra sociedad.

“El Dasein habla de sí mismo, se ve a sí mismo de tal y tal modo, y, sin embargo, eso es sólo una máscara con la que el Dasein se cubre para no espantarse de sí mismo. Prevención de la angustia.”[1]

“¡Piensa por ti mismo!” “Debes creer en ti mismo.”  Una y otra vez este añadido del “ti mismo” se repite en nuestro día a día, forma parte por completo de nuestra forma de hablar y expresarnos. El lema de la ilustración: Sapere aude, atrévete a saber, a conocer, por ti mismo, también poseía esta carga.

Podemos preguntarnos: ¿Dónde reside ese en-mí-mismo? ¿Qué es exactamente ese “yo”?
Sería absurdo plantearse la existencia de ese yo-mismo si contemplamos que no somos más que el mero resultado de nuestras circunstancias, tanto sociales como económicas e, incluso, biológicas. Sin duda podríamos quedarnos con esto y desechar al yo-mismo, quedando esto como una mera expresión. En este caso a la pregunta sobre la residencia de este ser-en-sí-mismo quedaría zanjada con un: No reside, directamente no existe siquiera.

¿Estamos, pues, huecos en cierto modo? ¿Qué es lo que nos hace realmente especiales y únicos como individuos? Existe, por supuesto, una respuesta de carácter científico a esta última pregunta: la genética. Cada uno de nosotros posee un código genético único para sí, un código irrepetible, sí, que viene condicionado por la herencia. Es este auge científico que venimos “sufriendo” el responsable de la pérdida de este “yo mismo”, se han perdido las esencias, todo ha quedado reducido a la materia. No somos más que reacciones químicas, físicas, movimiento de fluidos, impulsos eléctricos… El ser humano ha quedado como una máquina, a un amasijo de huesos, tendones y músculos sin un fin determinado más que moverse, desde el momento de su nacimiento, hasta la muerte.

Se han perdido todas las esencias, si es que existieron alguna vez, las cosas son meras apariencias medibles, cuantificables y que se corresponden con cálculos y fórmulas de carácter matemático empíricamente demostrables. Hemos quedado reducidos al número. Podemos ser perfectamente predichos, somos manipulables en forma de número, hemos perdido toda individualidad. Antes era la Ciencia quien nos arrancaba la parte espiritual y, ahora, la sociedad nos arranca la parte material, nos saca los huesos, nos arranca las vísceras y nos despoja de todo nuestro interior, nos reduce a máscaras de piel huecas y, con ello, al número. Uno ya no es un ser completo, ha perdido su “sí mismo”, después de eso tampoco es una máquina completa, puesto que ha perdido su “corporeidad” en favor del número.

En cierto modo hemos pasado por una transición del “yo mismo” al “nosotros mismos”, puesto que al ser parte del número somos parte, con ello, de la sociedad. Uno ya no se pertenece a sí mismo, ahora es compartido por el resto de individuos y este, a su vez, comparte a los demás individuos.

En suma: Partimos de un individuo completo, un ser que consta de espiritualidad (que no espíritu) y materia, esta espiritualidad se verá pulverizada por el auge de las ciencias y del racionalismo pasando a quedar sólo la materia. Finalmente los tiempos modernos harán que esta materialidad se pierda, casi a la par que la espiritualidad, pasando a ser este individuo un número más, perfectamente cuantificable, medible, sopesable, predecible y manipulable.

Hablábamos antes del individuo hueco, vacío, ahora nos encontramos con seres hechos de vacío, de nada. Ya no estamos ante el vacío, enorme, inabarcable, inenarrable y aterrador, no nos encontramos ante esa inmensa vastedad inefable, ahora somos parte de ella. ¿Cómo puede uno salir de esta situación? ¿Cómo podemos volver a corporeizarnos, a estar completos? Buscando en nuestro interior los restos del “yo mismo”, juntando los pedazos que la sociedad y el racionalismo no hayan pulverizado y tratar de reunirlos de nuevo lo mejor posible. Por el contrario también podemos recrearnos en la vastedad de este vacío, nadar en él desprovistos de esencia y sustancia, disfrutar de esta ligereza que uno siente cuando pierde todo rastro de sí mismo.  
Tenemos que realizar un esfuerzo y obviar el qué, tenemos que buscar la forma de acceder al cómo de las cosas, no podemos suspender estas en el aire y desechar toda relación que tienen con lo que les rodea, sólo alcanzando el cómo de las cosas que nos rodean podremos alcanzarnos a nosotros mismos, temporal y transitoriamente, siempre así.

No debemos temer este vacío interior, no debemos temer la angustia, tener miedo de esto es como si temiéramos respirar o el latir de nuestro corazón, no podemos despojarnos de esto hasta que la muerte lo haga por nosotros, es parte de nuestra condición como existentes. Al contrario, tenemos que aceptar esto y así, y sólo así, podremos sentirnos completos durante un momento, breve, pero al fin y al cabo merece la pena alcanzar a rozarse a uno mismo con la punta de los dedos.
Lo que sí está claro es que hemos anulado el valor que tienen las cosas por sí mismas y lo hemos sustituido por un valor económico, toda la realidad es una farsa, no es más que el resultado de valores aceptados por convenio social y enseñados, a golpe de dogmas y “verdades” o “empirismos”, con el fin de domesticarnos y volvernos dóciles, con el fin de contribuir a la enajenación del individuo, a esta alienación que la sociedad nos impone desde nuestro nacimiento, ya no sólo en el ámbito del trabajo. El propio sistema, como si de un ente vivo se tratase, trata de evitar el extrañamiento de los individuos que lo conforman para mantenerse así en el tiempo. Es curioso como estos constructos, diseñados y hechos por el ser humano, sean quienes sostienen las riendas de la humanidad.
Todo lo que conforma la realidad no es más que oropel que trata de imitar el verdadero valor de las cosas, pero olvidamos que lo realmente valioso no es el valor que la sociedad impone a las cosas, lo verdaderamente importante es el valor que cada uno le da a las cosas por sí mismo. Cada existente está abierto de suyo y cada uno debe decidir con qué va llenando su vida, esta tarea nos corresponde a cada uno y no podemos dejar que el sistema sea quien nos moldea a su antojo como si fuésemos sus peones en una eterna partida de ajedrez.



[1] Heidegger, M. – Ontología. Hermenéutica de la facticidad.  Ed. 1987 p. 52-53

lunes, 8 de febrero de 2016

Imperio vacío.

Hay momentos en los que el aire pesa  más de la cuenta, momentos en los que todo parece de cristal, rígido, helado, duro y colocado a tu alrededor, como si estuvieras sumergido en él, como si fuera algún tipo de líquido, espeso al tiempo que frágil cual témpano de hielo. En esos momentos respiras y notas como el aire fluye como esquirlas, pero en lugar de cortar en su camino hasta los pulmones, simplemente, se trituran, se fragmentan en un número infinito de veces y se tornan algodón, se compactan y se deslizan suavemente, haciendo un ruido blanco, similar al que suena junto con la niebla en un televisor estropeado. Se dejan caer a través de tu boca, de tus fosas nasales, llenan tus pulmones, te hacen sentir frío por dentro, como muerto, igual que si estuvieras momificado o bajo el influjo de alguna suerte de embalsamamiento. Es como si el mayor de entre todos los expertos taxidermistas hubiera hecho de ti su obra maestra. Te notas hueco y vació, tus ojos son dos cristales que relucen como si estuvieran vivos, pero no dejan de ser el reflejo de una materia transparente y muerta que refleja lo hueco y podrido del interior, ahora relleno de algodones de cristal, transparentes y huecos en su estructura más interna.

El ente de cristales vestido con piel se pregunta:
¿Quién soy?
¿Qué soy?
¿Cuándo y dónde soy?

Y se responde:
Estoy suspendido, simplemente así es, y, sin embargo estoy, al tiempo, anclado en una temporalidad, envuelto en el manto de una historia determinada, esta misma existencia en un estado temporal me impide ser absoluto, al menos hasta que mi existencia se cierre, tocando de este modo a su fin, cuando todas las posibilidades se hayan agotado. No seré absoluto, no seré una unidad, no estaré compacto, este interior algodonado y cristalino no desaparecerá hasta que mi ser alcance su finitud, hasta que todos los abanicos de posibilidades, de infinitas opciones con sus causas, efectos y repercusiones, se cierren definitivamente.

Acto seguido se interroga nuevamente:
¿De qué me sirve, pues, el estar completo si una vez consiga estarlo dejaré de estar?
Algo podrá hacer al respecto, ¿no?, existen cosas que, pese a su dificultad, pueden cambiar si se pone empeño, si se lucha por ellas… No, no siempre, el ser se responde nuevamente con:
Hay cosas, estoy dispuesto a admitirlo, por las que merece la pena actuar, cosas por las que uno debe actuar, de hecho, pueden ser modificadas o cambiadas, pero, por otra parte, otras cosas son imposibles de mudar y te conducen hacia el pozo de la inacción, donde te terminas ahogando en las aguas negras y heladas del hastío.

El ser busca el origen y descubre que lo peor no es cuando algo es una condición sin ecuánime de su propia naturaleza, como humano que, al fin y al cabo, es, sino que es inherente a la propia existencia y, al tiempo, inefable de suyo. No puede explicarse y definirse, ni siquiera puede dibujarse su contorno.

Esto es una idea, sí, pero existen ideas que una vez han sido destiladas, por la propia mente, o introducidas en uno mismo terminan por cambiarte interiormente, penetran hasta la médula y te hacen enfermar. Los síntomas de esa enfermedad son la sensación de hastío, desamparo y abandono, una imposibilidad de la misma posibilidad que te conducen a una parodia del acto de vivir.
Vives como se te dice a sabiendas de que no estás vivo.

¿Qué es la vida? ¿Qué es lo real? ¿Qué es ser?

Nada es, definitivamente, más real que los productos de una imaginación enloquecida o enferma, con esto quiero decir que: nada es más real que otra cosa, no existe una escala de “realidad” nada es, directamente, real.

Cualquier cosa, absolutamente todo lo que vemos, pensamos, sentimos y, en definitiva, tomamos como real pasa por demasiados filtros que nos privan del acceso a la cosa misma. La realidad no es accesible, por ende, a todas luces no existe, al menos no para nosotros. Y puesto que somos la medida de nuestro mundo, el cual compartimos, al menos en una cierta medida, entre nosotros, no existe en ningún plano. Todo lo que es, lo que se percibe como real, es un convenio, un contrato, un constructo, una ilusión, bagatelas, fruslerías y oropel. No es más que un juego de humo y sombras.
Lo único no relativo es que todo es relativo. La única verdad es que nada es verdad. Los principios de lo real son falsos, ilógicos, son impuestos por nosotros. No se puede dudar, en absoluto, de que se puede dudar de todo. Todo es mentira y, sobre todo, esta afirmación.

Vemos, con esto, que el lenguaje no puede abarcar la realidad, se nos antoja insuficiente. Las palabras limitan, encorsetan, encapsulan, retienen, asfixian, constriñen y reprimen. Ahogan a las cosas y las domeñan como conceptos. Definimos con palabras y en realidad estas no son otra cosa que eslabones de las cadenas con las que tratamos de apresar a las cosas, con las que buscamos cercar a la realidad.

La condición humana es esa, creernos superiores, actuar de forma soberbia, nos pensamos soberanos y tratamos de dominarlo todo. Obligamos a la naturaleza a postrarse ante nosotros y, con nuestras palabras, obligamos a existir lo que no existe y apresamos, con el fin de domesticar, lo que existe. Definimos a las cosas y, por tanto, podemos evocarlas, atraer a los conceptos a nosotros y obligarles a desenvolverse en el mundo.

Somos tiranos que han erigido un imperio vacío de mentiras sobre palabras.
Las cosas que nos encontramos las vemos en un mundear, esto es, en una relación en un determinado marco, en un contexto, en un cómo. Cuando las nombramos las marcamos y al definirlas las encadenamos para poder atraerlas en cualquier momento, las hacemos recurrentes, y obligarlas a mundear.

Pero todo esto va más allá, podemos crear cosas, no sólo físicamente, también con definiciones. Creamos entes que volvemos reales con su uso mediante las palabras mismas. Puedo nombrar algo que no exista, esto es: que no encuentre su reflejo en lo que denominamos como real¸ en la realidad compartida, pero puede existir, esta cosa creada por mí, al ser evocada. Invento algo, lo nombro, lo defino y cuando la definición sea acuñada podré llamarlo a mí y evocarlo con tanta facilidad y naturalidad como si hubiera existido desde siempre. Sin embargo no he hecho más que, con palabras, vaho en la fría noche o negra tinta en el papel, construir lo que acto seguido pasa a ser un fragmento de la realidad.

Este fragmento que he forjado puede pasar por el filtro social establecido y solidificarse, cristalizando y creando algo tan real como todo lo que encuentra su reflejo en el mundo.

Pero realmente todo no es más que, como se ha mencionado anteriormente, humo y sombras. Todo es un velo y no, no hay nada al otro lado. Hemos logrado construir, con el lenguaje, un imperio vacío sobre la nada.

martes, 26 de enero de 2016

El tercer manuscrito – Karl Marx.

Justo sería el iniciar en análisis de uno de los textos del pensador Karl Marx comenzando por una biografía del autor. Karl Heinrich Marx nació en Tréveris, el 5 de mayo de 1818, una ciudad de la Prusia renana. Su familia, de clase media, tenía un origen judío, pero se convirtió al luteranismo en el año 1824, esta conversión la inició su padre, Heinrich Marx, el cual trabajaba como abogado en la ciudad de Tréveris.

Allí fue donde Marx inició sus estudios básicos y cursó Bachillerato para después iniciar su formación universitaria en Bonn, formación que continuaría en las universidades de Berlín y Jena, en esta última se doctoró en filosofía en 1841 con una tesis sobre la filosofía de Epicuro. Será, sin embargo, en Berlín donde entre en contacto con un grupo de jóvenes hegelianos, ya que era el pensamiento predominante en aquella ciudad, allí pasará a hacerse socio de un club  llamado El Club de Doctores (Doktorklub), donde trabará amistad con Bruno Bauer, uno de los miembros destacados.
Llegado el año 1843 Marx se casa con la joven Jenny von Westphalen, perteneciente a la nobleza prusiana y cuyo hermano sería Ministro de Interior en uno de los periodos más reaccionarios, esto es tras la revolución de 1848. El padre de Jenny inició a Marx en su interés por las doctrinas racionalistas de la Revolución francesa y, a su vez, por los primeros pensadores socialistas. Marx se convirtió en un demócrata radical y pasó a trabajar como profesor y periodista hasta que sus ideas políticas le obligaron a dejar Alemania e instalarse en París. La revista en la que trabajaba se verá censurada y clausurada por las autoridades en 1843, por ello Marx, junto con su esposa Jenny, se traslada a París, buscando cobijo tras la frontera gala.

Una vez instalado comienza a colaborar con Arnold Ruge en “Los anales franco-alemanes” revista de la que tan sólo verá la luz el primer número, donde se verá publicada su “Crítica de la filosofía hegeliana del derecho” (Crítica donde, por vez primera, compara a la religión como el opio del pueblo: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo.”[1]) En París toma contacto también con el movimiento socialista francés, a través de las figuras de Proudhon y Louis Blanc, dos de los líderes de dicho movimiento, será también cuando conozca al anarquista ruso Bakunin e inicie sus estudios de la economía política inglesa, estudiando principalmente a Adam Smith y a Ricardo. Esto supondrá un giro significativo en su pensamiento.

La llegada en 1844 de Friedrich Engels a París, procedente de Inglaterra, hará que ambos pensadores retomen el contacto perdido entre ellos e inicien una colaboración duradera que comenzará a ver sus frutos un año más tarde, publicándose “La sagrada familia” en 1845, una obra que será crítica y contraria con respecto a las posiciones idealistas defendidas por Bruno Bauer, así como por sus seguidores.
Nuevamente, ese mismo año, Marx se ve expulsado de su hogar para ir a parar a Bruselas donde encontrará cobijo para continuar sus actividades políticas e intelectuales, que darán frutos como las conocidas “Tesis sobre Feuerbach” y en su otra colaboración con Engels “La ideología alemana”, que no será publicada hasta el año 1932, pero donde se ven ya contenidos los elementos principales de la concepción materialista de la historia.

En 1847 se asocia a la Liga Comunista, donde redactará los principios y objetivos de dicha Liga en estrecha colaboración con Engels, dichos principios y objetivos serán reconocidos en el archiconocido “Manifiesto comunista”, publicado en Londres en el año 1848. Ese año también se ve salpicado por una oleada revolucionaria que atraviesa Europa. En Bélgica se temía el éxito de la revolución y Marx será expulsado, sin contemplaciones, de la ciudad de Bélgica. Pondrá rumbo a Francia, invitado por el gobierno provisional. Más tarde, junto con Engels, decidirá regresar a Alemania, concretamente a Colonia, para participar en la revolución que allí se producía y que se saldará con un fracaso, allí editará la “Neue Rheinische Zeitung” por la que será puesto ante los tribunales de justicia, donde será juzgado y absuelto.

Nuevamente se trasladará a París tras la derrota de las insurrecciones de mayo de 1849, sin embargo será nuevamente expulsado de la ciudad por lo que se ve obligado a trasladarse a Londres, donde termina estableciendo su residencia, aun así la abandonará esporádicamente para realizar algunos viajes a Alemania y a Francia por motivos de salud y familiares. Será en Londres donde desarrolle la mayor parte de su obra escrita. Desgraciadamente su dedicación a la causa socialista le acarreará graves dificultades económicas, pero gracias a la ayuda de su amigo Engels será capaz de superarlas.
Como hemos mencionado anteriormente, nuevamente establecido, Marx desarrolla una intensa, y extensa, actividad intelectual en Londres. Prácticamente pasaba la mayor parte del día trabajando en la biblioteca del Museo Británico, será aquí- en la ciudad de Londres- donde culmine con su obra cumbre “El Capital”, y donde colabore también en el “New-York Tribune”. Sus trabajo sobre economía dan su fruto cuando publica en 1859 la “Contribución a la crítica de la Economía política”, donde se verá su teoría del valor, la piedra angular que soportará todos sus estudios sobre el capital. No por ello dejará su actividad política en el movimiento comunista internacional al margen, participará, en 1868, en la creación de la AIT, la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida también como la Iª Internacional. En el seno de dicha asociación se gesta el conflicto debido a las divergencias de los distintos grupos que la constituían, tanto los anarquistas como los socialistas franceses y alemanes, estas divergencias se centraban, sobre todo, al respecto de la hegemonía del Consejo General. Toda esta confrontación se saldará con un fracaso político para Marx al no conseguir este imponer su tesis sino formalmente, conseguirá, al menos, que la sede de la Internacional sea trasladada a Nueva York gracias al poder del que aún gozaba.

El primer tomo de su obra “El Capital” se publicará en 1867, los dos volúmenes que restan serán publicados por Engels póstumamente en 1885 y 1894. Marx escribe “La guerra civil en Francia” y organiza manifestaciones de apoyo tras la revolución de la Comuna de París en 1871, en su obra se interpretará a la Comuna como el primer intento de establecer una dictadura del proletariado.
La vida de Marx tocará a su fin el 14 de Marzo de 1883, un año más tarde del fallecimiento de su esposa, y sus restos pasarán a descansar en el cementerio de Highgate, en Londres.

Sin embargo Marx seguirá ejerciendo su influencia a través de sus discípulos alemanes como August Bebel o Wilhelm Liebknecht, los cuales serán figuras con un gran peso en el Partido Socialdemócrata Alemán desde su fundación en 1875, este partido será el dominante en la Segunda Internacional, creada bajo inspiración profundamente marxista, que será fundada en 1889. Engels asumirá el liderazgo moral de este movimiento y su influencia ideológica, junto con la de Marx, seguirá influyendo incluso durante todo el siglo venidero.

Podemos seguir analizando la influencia que tendrá el pensamiento de Marx ahora que conocemos su origen, este pensamiento se asienta en una crítica al socialismo anterior, socialismo que Marx calificó de utópico pese a tomar de él muchos elementos de su pensamiento. Este socialismo “utópico” venía a imaginarse cómo sería la sociedad perfecta del futuro y que, esta sociedad vería su cambio siguiendo el modelo de ciertas comunidades más avanzadas y conscientes de la necesidad del cambio, de este modo el mundo sería llevado “de la mano” a un estado perfecto e ideal.

En contraposición a este socialismo el que Marx y Engels desarrollarán será un socialismo científico, basado en una crítica sistemática al orden establecido (tanto a su estructura como a su súper estructura) y el descubrimiento de ciertas leyes objetivas que llevaran a la superación de este orden. La forma de acabar con esta sociedad burguesa no sería otra que la fuerza de la revolución, más allá de toda reforma paulatina y convencimiento gradual y pacífico. Estas ideas serán plasmadas en el “Manifiesto Comunista”.

Debido a que Marx quería evitar caer en utopías e idealismos no hizo más que esbozar el modo en que el Estado debería organizarse y cómo debería ser la economía socialista una vez se hubiera conquistado el poder. Esta carencia de definición, con el fin de evitar caer en ensoñaciones idealistas, dio lugar a interpretaciones muy diversas entre sus seguidores. Estos adeptos terminaron por escindirse en diversas ramas, distinguiéndose principalmente dos:

La rama socialdemócrata, orientada cada vez más a una lucha de carácter parlamentario y a la defensa de mejoras graduales, siempre salvaguardando y preservando las libertades políticas de cada individuo, sus máximos representantes serían Karl Kautsky, Eduard Bernstein y Friedrich Ebert.

Y una rama comunista, que será la que dará lugar a la Revolución bolchevique en Rusia y llevará al establecimiento de Estados socialistas que tendrán una economía planificada y una dictadura llevada a cabo por un partido único. En la URSS los representantes de esta ideología serán Lenin y Stalin, mientras que Mao Tse-tung será quien lleve a cabo este modelo en China.

Sin embargo, desgraciadamente, el pensamiento de Marx ha sido, sin ninguna duda, manipulado y tergiversado a lo largo de la historia y ha llegado a nuestro tiempo empapado en un tinte hediondo con el que, por supuesto, el estado capitalista en el que vivimos ha tenido a bien cubrir la figura de este pensador, sin duda como una forma de preservarse de él.

¿Qué es lo que ha llegado a nuestros días a cerca de la figura de Marx? Este pensador político y filosófico se nos presenta como uno de los adalides y fundadores del comunismo, como la inspiración de Lenin y Stalin, es asociado a un comunismo que, desde luego, si Marx viviese tacharía de burdo, vulgar y grosero, en resumen: mal entendido. Se hacen continuas referencias a Marx, tanto en la prensa como en los discursos, libros y artículos escritos tanto por profanos como por verdaderos estudiosos y doctos en la materia. Pero el pensamiento de Marx, al menos hoy día, está plagado de numerosas malinterpretaciones, ojear un artículo de prensa (por ejemplo) en el que se haga referencia tanto a Marx como al comunismo con el que se le asocia, es un ejercicio similar al de pasearse por un campo de minas.

Se considera que Marx, simplemente, pretendía, descuidando su verdadera importancia, un individuo bien vestido, bien alimentado y que descuidase las necesidades espirituales, sin comprenderlas y despreciándolas por entero. Se dice del pensador que buscaba un individuo “desalmado”. Esto es un error, como también lo es asociar a Marx a la imagen del “paraíso” socialista en el que los hombres son sometidos a una aplastante burocracia todopoderosa y estatal, los hombres- aquí - son meros individuos que han renunciado a su libertad en pos de alcanzar una igualdad, transformados en autómatas uniformados, marionetas que bailan al compás de seres amorfos y opulentos, una pequeña élite de burócratas que los hacen danzar a su antojo.

Es un disparate considerar esta idea, esta tendencia antiespiritualista y esta búsqueda de la uniformidad y la subordinación como propia de Marx. El fin que él buscaba no era otro sino la emancipación espiritual del hombre, su ruptura con las cadenas del determinismo económico que hacen presa de sus manos y pies, la búsqueda de la armonía con uno mismo, con sus semejantes y con la naturaleza, la búsqueda de la restitución a la totalidad humana. Esta es la verdadera idea de Marx. Una idea que tiende a la plena realización del individualismo, un fin que ya blandía en su mano las riendas del pensamiento occidental desde el Renacimiento y la Reforma hasta el siglo XIX.
Es terriblemente curioso que esta figura caricaturizada y tergiversada de la sociedad que Marx buscaba, una sociedad compuesta por hombres que no son hombres, sino meras mercancías, eslabones que conforman entre todos la gigantesca cadena que los aprisiona y los mantiene atados y unidos entre sí, hombres vacíos y más que huecos llenos de nada, esta sociedad no es sino otra que la sociedad capitalista en la que vivimos hoy día. Una sociedad en la que la única aspiración del individuo es atesorar cada vez una mayor cantidad de capital para satisfacer necesidades que no son realmente suyas, sino que han sido creadas por el propio sistema que se retroalimenta. Este Estado no sólo hace al individuo, además sea segura de que el individuo sea el que perpetúa este Estado mismo definiendo así los núcleos familiares (establecimiento de la familia “clásica”, relaciones monógamas, etc.) para garantizar su supervivencia. Esta ironía ya la advirtió Erich Fromm y dejó constancia de ella en su obra “Marx y su concepto del hombre”: “…quiero acentuar la ironía existente en el hecho de que la descripción que se hace del propósito de Marx y del contenido de su visión del socialismo corresponda casi exactamente a la realidad de la sociedad capitalista occidental de nuestros días.”[2]

La malinterpretación de Marx se basa en que su pensamiento es de carácter materialista, dicen sus detractores que este materialismo no es otra cosa que la instrumentalización y cosificación del ser humano, del hombre, transformándolo así en capital humano. Todo lo contrario, la filosofía, tanto de Marx como de Hegel, es de carácter materialista al afirmar que todo es producido realmente por el movimiento. La historia sería así una historia materialista (materialismo histórico) al estar producida por el movimiento y las acciones de los individuos que han vivido en ella en cada contexto histórico determinado. Los mismos filósofos clásicos ya eran materialistas, puesto que sostenían que la materia en movimiento era tanto el principio del Universo como por lo que éste estaba constituido. Lo contrario de este materialismo sería un idealismo, una filosofía en la que el mundo de los sentidos, variable y voluble, no es lo que constituye la realidad, sino las esencias o ideas incorpóreas, eternas e inmutables. El primer sistema filosófico al que se le aplicará el nombre de “idealista” será el de Platón. Pese a ser Marx un pensador materialista, en el sentido filosófico, apenas se interesó y trató estas cuestiones en Ontología.

Marx cargará contra un determinado tipo de pensamiento materialista, sostenido principalmente por estudiosos de las ciencias naturales, de su tiempo, este materialismo contrario a las ideas de Marx era aquel que sostenía que el sustrato de todos los fenómenos, tanto mentales como espirituales, se encontraba en la materia y los procesos materiales, un materialismo que decía que tanto las ideas como los sentimientos son perfectamente explicables como resultado de procesos corporales químicos. Como vemos aquí un pensamiento materialista y mecanicista muy similar (por no decir idéntico) al de La Mettrie, este pensamiento mecanicista era catalogado como un materialismo burgués, un materialismo, en palabras de Marx, “abstracto de los naturalistas que dejan de lado el proceso histórico”[3].

El materialismo de Marx conlleva el estudio de la vida, tanto económica como social reales, del hombre y de la influencia de este modo de vida que el individuo lleva en sus pensamientos. “… no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida.”[4] En otro fragmento de “La ideología alemana” escrita por Marx y Engels nos encontramos con otra frase en la que puede apreciarse su materialismo: “Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción.”[5]

Como podemos observar el materialismo histórico no es, para nada, una teoría psicológica, simplemente sostiene que el modo de producción del hombre es lo que determina su pensamiento y sus deseos, que no necesariamente tienen que ser sus deseos principales los de obtener la máxima ganancia material, sino que este “deseo” nos es impuesto por el sistema. De este modo la economía no se refiere a un impulso que sea psicológico, sino al modo de producción, un factor completamente objetivo, económico y sociológico.

Bien, antes de proseguir con el desarrollo del comentario sería conveniente aclarar algunos de los términos que Marx utilizará con mayor frecuencia y en los que se apoyará, como si de piedras angulares se tratase, a la hora de desarrollar sus escritos.

Comenzaremos con la enajenación, en palabras del propio Marx sería lo siguiente: “La enajenación del trabajador en su producto no significa solamente que su trabajo se traduce en un objeto, en una existencia externa, sino que ésta existe fuera de él, independientemente de él, como algo ajeno y que adquiere junto a él un poder propio y sustantivo; es decir, que la vida infundida por él al objeto se le enfrenta ahora como algo ajeno y hostil.”[6] Esta enajenación vendría mostrada, de forma parcial, al producirse “… el refinamiento de las necesidades y de sus medios de una parte, mientras produce bestial salvajismo, plena, brutal y abstracta simplicidad de las necesidades de la otra.”[7] Esta enajenación puede verse claramente en la obra Germinal, de Émile Zola, principal motor del naturalismo en Francia, cuando examinamos las condiciones de vida de los trabajadores, protagonistas de la obra, en la Voreux, una mina, donde se ven sometidos y alienados (término que analizaremos posteriormente) trabajando para el empresario. Estos trabajadores viven hacinados junto con sus familias, de la cual todos los miembros sin excepción se ven obligados a trabajar: “La vela alumbraba ya la habitación, que era cuadrada, con dos ventanas, y estaba ocupada con tres camas. Había también un armario, una mesa y dos sillas viejas de nogal, cuyo oscuro color se destacaba fuertemente del fondo de la pared, pintada de amarillo claro. En la pared se veían ropas colgadas de clavos, y en el suelo un cántaro junto a un cuenco de barro que servía de palangana. En la cama de la izquierda, Zacarías, el hijo mayor, mozo de veintiún años, estaba acostado con su hermano Juan, que acababa de cumplir once; en la de la derecha, dos pequeñuelos, Leonor y Enrique, la primera de seis años y el segundo de cuatro, dormían uno en los brazos de otro, mientras que Catalina compartía la otra cama con su hermana Alicia, tan pequeña y endeble para tener nueve años, que ni siquiera la hubiera sentido, si no fuese porque se le clavaba a menudo en las costillas la joroba de la enferma. La puerta vidriera estaba abierta, y por ella se veía el corredor y una especie de antesala, donde el padre y la madre ocupaban otra cama, junto a la cual había sido necesario instalar la cuna de la más pequeña, Estrella, que tenía tres meses no cumplidos.” “…Aquellas casas de ladrillos, hechas con gran economía por la sociedad minera, tenían unos tabiques tan endebles, que todo se oía. Vivían apiñados; no había medio de ocultar ni el más, pequeño pormenor de la vida íntima, ni siquiera a los pequeños.”[8] Esta enajenación del obrero lo lleva a vivir como un mero animal más, lo cosifica, deja de ser un individuo humano para ser un ser más cercano a la bestia o a la mera máquina. Resumiendo, esta enajenación no es otra cosa sino producto de la propia sociedad capitalista, siendo esta la separación de la masa de asalariados (proletarios) de los productos de su propio trabajo.

Una vez aclarada la enajenación pasamos a la ya mencionada alienación. Esto se da cuando el trabajador queda anulado por la propia actividad que realiza, no se siente dueño de sí mismo, en este caso sale de sí mismo para convertirse en una cosa que realmente no es; en resumen, describe la existencia de una escisión dentro del sujeto y trae como consecuencia que este sujeto pasa a comportarse de un modo contrario a su propio ser. El sujeto de esta alienación no es otro que la clase oprimida, el obrero o proletario, el causante sería la clase opresora, la burguesía, esta alienación queda demostrada con la existencia de las distintas clases sociales y el modo de superarla sería mediante una abolición de la propiedad privada, las clases sociales y la explotación del hombre por parte del hombre. Sin embargo existen otras formas de alienación además de la económica, serían la alienación política y religiosa, incluso la filosófica o moral (pese a que estas van muy ligadas a la alienación religiosa o espiritual)
Ya hemos definido, a grandes rasgos, la figura del proletario: un sujeto alienado y enajenado oprimido por una clase social “superior”, la burguesía.

También nos habla de la división del trabajo y cómo esta afecta a las relaciones interpersonales, Adam Smith dirá que la división del trabajo no debe su origen a la humana sabiduría. Es la consecuencia necesaria, lenta y gradual de la propensión al intercambio y a la negociación de unos productos por otros.[9] Esta división del trabajo será uno de los pilares fundamentales del capitalismo y de su alienación y enajenación del trabajador, con ella llegan las cadenas de montaje, la producción en serie que esclaviza al individuo haciendo que este deje de ser quien usa las herramientas para fabricar y pase a ser utilizado por la máquina como si de un apéndice de la misma se tratase. El proletario queda, de este modo, anclado a producir constantemente una misma pieza, y la misma una vez tras otra, piezas que serán ensambladas por otros en un trabajo puramente maquinal, mecánico, y donde el individuo no puede sentirse realizado de ninguna manera, no experimenta gozo en el trabajo realizado, tan solo vive para trabajar y trabaja para vivir. Esta división de trabajo surge debido a una propensión humana a la negociación para cubrir determinadas necesidades. Esta división aparecerá siempre supeditada al mercado esta división estará siempre limitada por la extensión de la capacidad de intercambiar o, dicho en otras palabras, por la extensión del mercado.”[10]

Resumiendo lo que llevamos visto hasta ahora, observamos que el obrero es una figura enajenada, alienada y sometido a la división de trabajo, la cual elimina todo posible gozo en la actividad productiva y lo encadena a la máquina, esta división de trabajo aparece motivada por el mercado y la necesidad de negociar. Es la burguesía quien tiene las riendas de este proletariado y quien ha logrado situarse por encima, manteniendo controlada a la masa con necesidades que le son ajenas y crea para satisfacer caprichos y placeres pasajeros que impida a la masa pensar, que les enajene aún más, que les aleje de sí mismos fomentando esta escisión.

Pasemos ahora a hablar de la propiedad privada en palabras del propio Marx: “Decir que la división del trabajo y el intercambio descansan sobre la propiedad privada no es sino afirmar que el trabajo es la esencia de la propiedad privada; una afirmación que el economista no puede probar y que nosotros vamos a probar por él. Justamente aquí en el hecho de que división del trabajo e intercambio son configuraciones de la propiedad privada, reside la doble prueba, tanto de que, por una parte, la vida humana necesitaba de la propiedad privada para su realización, como de que, de otra parte, ahora necesita la supresión y superación de la propiedad privada.”[11] Aquí se mencionan dos conceptos ya aclarados que son división de trabajo y el intercambio, la fundamentación de la sociedad mediante el interés particular antisocial.[12] No sólo es necesaria una supresión de la propiedad privada, sino que se precisa de una superación de la misma para liberar al individuo del yugo de la alienación y la enajenación.

Podemos pasar ahora a hablar de las fuerzas de producción, para Skarbek estas pueden dividirse en dos principalmente: las que son inherentes al individuo, como son la inteligencia del mismo y su capacidad para desempeñar determinadas tareas y las fuerzas de producción derivadas de la sociedad, como serían la división de trabajo (limitada por el mercado) y el intercambio. Para él el trabajo es simplemente movimiento mecánico, lo principal lo harían las propiedades materiales de los objetos mismos.

Conforme avanzamos en la lectura del texto nos encontramos con otro tema de vital interés en la obra, el dinero. Este constructo social posee ciertas cualidades que lo tornan indispensable para el sistema capitalista, estas cualidades son: su universalidad, puesto que es mundialmente reconocido su valor, su capacidad para apropiarse de todos los objetos, ya que todo tiene un precio en esta sociedad, este dinero es un ser con una esencia omnipotente, el alcahuete entre la necesidad y el objeto[13] (de dicha necesidad). El dinero sirve tanto de mediador para la vida de uno mismo como mediador para la existencia de otros hombres para ese individuo, para el otro hombre. Otros pensadores ya habían relacionado al dinero con esta idea, vemos por ejemplo en el Fausto de Goethe como es la figura de Mefistófeles quien introduce el “papel moneda” con el fin de generar este comercio, indispensable para el capitalismo, y hacer que este sea mediador entre la voluntad humana y el objeto de su deseo: “Un papel de esos, en lugar del oro y las perlas, es tan cómodo. Con ellos se sabe lo que se tiene. No hacen falta ni regateos ni cambios para embriagarse de vino y de amor.”[14] Para Shakespeare el dinero será la divinidad visible al tiempo que la puta universal.

Efectivamente, el dinero todo lo puede, es capaz de suplir cualquier carencia del tipo que sea, ya lo dice Goethe: “Si puedo pagar seis potros, ¿No son sus fuerzas mías? Los conduzco y soy todo un señor Como si tuviese veinticuatro patas.”[15] Este dinero es la verdadera fuerza creadora, suple cualquier tipo de demanda, capricho o carencia, sea esta “necesaria” y “real” o impuesta por el sistema.

Antes de pasar a la parte final de la obra a tratar considero pertinente hacer un pequeño repaso y definir, con mayor claridad, un cierto orden en el contenido del manuscrito.

En primer lugar Marx realiza una distinción entre lo que es para él el verdadero comunismo y el comunismo vulgar. El comunismo vulgar es aquel que busca anular la propiedad privada pasando así a una cierta “propiedad pública” o una colectivización, el comunismo verdadero busca superar esta propiedad mientras que el vulgar se limita a pasar de una sociedad formada por individuos capitalistas a una sociedad que actúa como un único individuo capitalista. Marx buscaba no solo superar esta propiedad privada, buscaba liberar al individuo de la enajenación y la alienación producida por el trabajo, el comunismo vulgar simplemente busca mejorar las condiciones de vida de estos trabajadores pero sin llegar a superar esta enajenación, simplemente acrecentando el salario de los trabajadores y permitiéndoles llevar una vida “más humana”. Marx buscaba mejorar la relación del hombre consigo mismo, tras esto que las relaciones entre los hombres mejorasen y, finalmente, que la relación del ser humano con la naturaleza alcanzase su cumbre al conseguir vivir éste en armonía con la naturaleza misma, objetivo que, sin duda, el comunismo vulgar no busca.

Define la figura del proletario como un apéndice de la máquina a la que se ve alienado y sometido, casi ofrecido a la Industria por el burgués como si de un sacrificio ritual a un demonio que se alimenta de carne humana se tratase. Este Wendigo[16] que es el capitalismo pervive en el tiempo alimentándose del proletariado, reportando beneficios al burgués. “El trabajo pediría cuentas al Capital, a ese dios impersonal, desconocido del obrero, acurrucado en alguna parte, en el misterio de su tabernáculo, desde el cual chupaba la sangre de los hambrientos que le hacían rico. ¡Se iría a buscarlo donde estuviese, se le vería a la roja llamarada de los incendios, y se ahogaría en, sangre a aquel reptil inmundo, a aquel ídolo monstruoso, ahíto de carne humana!”[17] Aquí vemos claramente la concepción del Capital en la obra de Zola.

Llegando a la parte final del manuscrito nos encontramos con una crítica por parte de Marx a la dialéctica hegeliana y, en general, a la filosofía de Hegel. Esta crítica se asienta fundamentalmente en un reproche hacia la mistificación hegeliana de considerar al Estado y la sociedad civil como una encarnación del espíritu, es decir, como un producto de la idea.

Marx encontrará armas filosóficas para rebatir a Hegel en Feuerbach, principalmente tras su lectura de “La esencia del cristianismo”, demostrando que no es la religión la que hace al hombre sino que es el hombre quien hace a la religión. Esto le permitirá comenzar con el desarrollo de ciertos aspectos de su materialismo y formular sus primeras críticas. Esta crítica es debida a que Hegel hace demasiado hincapié en la naturaleza sin preocuparse en los debidos términos de la política, Marx considera que la filosofía actual no podría llegar a ser nunca una verdad sin esta “alianza”. Este déficit materialista, tanto en Feuerbach como en Hegel, será la guía de Marx para abordar la filosofía del Derecho del Estado. Esta mistificación hegeliana se ve en su visión de que el hombre real, producido tanto por el Estado como por la sociedad civil, es producto de la idea o del Estado como encarnación de la idea del espíritu o la razón. Hegel presenta lo ideal como lo real y muestra a la sociedad civil como una determinación de la idea. Marx denunciará esta visión hegeliana de la realidad y se apoyará en su crítica a la misma para desarrollar su pensamiento político. “"A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los individuos dentro de la "sociedad civil".”[18]

Quizá sea esta parte final, la de la crítica a la filosofía hegeliana la que muestre una mayor dificultad en la comprensión y la asimilación de las ideas, esto se debe, en parte, a que Marx aún sigue empapado de esta dialéctica hegeliana que él mismo critica, esto hace más tortuoso el manejarse con esta parte final, de una increíble densidad y constantes vueltas sobre la misma idea. No por esto deja de ser menos recomendable la lectura de esta parte, pero para abordarla uno debe ir sobre aviso, además de tener unas nociones básicas tanto del pensamiento de Hegel como del de Feuerbach y, al tiempo, la influencia de ambos en la figura de Karl Marx.

Abandonando en esta parte de la exposición el texto me centraré en una reflexión personal a cerca del mismo.

Es complicado abordar esta situación, uno tiene demasiadas formas de hacerlo, podemos suponer que este Estado no es más que el reflejo de los individuos que lo conforman, pero de una forma magnificada, ya que si las acciones de un hombre comprometen a toda la humanidad de este modo la cosa se invierte, siendo las acciones de toda la humanidad- reflejadas en el Estado- las que comprometen a cada hombre individualmente. ¿Qué sería este Estado sino el reflejo del ser humano? Por otro lado, podemos sostener una postura contraria, al decir que el ser humano no es más que producto de este mismo Estado, en este sentido no sería un reflejo nuestro, sino que nos adecuaría a cada uno para que fuéramos nosotros un reflejo del Estado. Nos encontramos ante el problema del qué fue antes, si el Estado (o la necesidad inherente al individuo de un estado) o el individuo libre y desprovisto de este Estado que se ha hecho ahora, mediante la manipulación y el escultura de los individuos nacidos dentro de él, imprescindible para el hombre.

De conseguir el ser humano superar esta enajenación, esta propiedad privada y, con ello, la alienación ¿sería posible el siguiente paso? Ya no sólo el poder vivir en armonía con uno mismo, ni con los demás, sino vivir en armonía con la naturaleza en sí. ¿No sería esto una utopía también, un idealismo? Vería más factible que el ser humano pudiese convivir en paz con la naturaleza a que lograse hacerlo con uno mismo, quizás sea esta la parte más difícil. El mismo Heidegger ya deja clara la enorme dificultad que le acarrea al hombre el conocerse a sí mismo, “El Dasein habla de sí mismo, se ve a sí mismo de tal y tal modo, y, sin embargo, eso es sólo una máscara con la que el Dasein se cubre para no espantarse de sí mismo. Prevención de la angustia.”[19]  Así pues, ¿cómo puede el existente, el Dasein, el individuo, en definitiva: el ser humano, llegar a conocerse a sí mismo si vive ocultándose constantemente de sí y a sí mismo? Ya lo decía el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. (γνῶθι σεαυτόν - gnóthi seautón) Pero parece ser que esta actividad es, si no imposible o inalcanzable, terriblemente difícil y, desde luego, la sociedad capitalista actual en la que estamos sumergidos no nos ayuda en absoluto, todo lo contrario, busca sepultarnos bajo una montaña de objetos y consumismo exacerbado para evitar esa introspección, para evitar ese pensar y autoconocimiento. El propio sistema teme a quienes son críticos y los difama, distorsiona y tergiversa su figura o su pensamiento, como hemos visto en el caso de Marx. Aparentemente nos encontramos en una situación sin salida.

Vivimos en una sociedad que nos obliga a mantener la máscara y la llevamos puesta durante tanto tiempo que somos incapaces de quitárnosla, ya no sabemos dónde empieza la máscara y termina el individuo. Esta enajenación es tal que ha transgredido las barreras del trabajo y lo producido para asentarse en lo más hondo de nuestro ser, ha escindido al individuo en dos, en su máscara y en su “ser real en cuanto tal” y le obliga a mantener esta división constantemente durante tanto tiempo que llega a olvidar lo que es realmente.

Este conocimiento nos lleva a una nausea, a un pathos, nos encontramos ante un ser que más que estar vacío está lleno de nada. La vida se nos presenta como un espacio en blanco susceptible de ser llenado con cualquier cosa, con cualquier actividad, tantas posibles decisiones nos abruman, nos hacen lamentarnos constantemente y plantearnos si, quizás, deberíamos haber escogido una u otra opción. Nos mareamos y caemos en la apatía, limitándonos a vivir en base a una inercia, comportarnos como “debemos” comportarnos, ser como “debemos” ser, vivir como “debemos” vivir, en resumen, nos auto-cosificamos, poniéndoselo aún más fácil a este sistema que busca la cosificación de los individuos para manipularlos como una masa gris, como un capital humano.
Sin duda deberíamos hacer algo, no abandonarnos a nosotros mismos y dejar que sea este Estado quien guíe nuestros pasos en función de sus intereses capitales, debemos superar esta teoría con una praxis. Quizás podamos llegar a avanzar hacia una síntesis final y que esta sea positiva, no simplemente porque está en su condición de síntesis final el ser positiva, sino porque verdaderamente esta merezca ser llamada, desde un punto de vista humano, positiva como tal.







Bibliografía:
-        http://www.webdianoia.com/contemporanea/marx/marx_bio.htm (Consultada el 16/12/2015)
-        http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/marx_karl.htm (Consultada el 16/12/2015)
-        https://es.wikipedia.org/wiki/Karl_Marx (Consultada el 16/12/2015)


-        Émile Zola Germinal. Ed. Valdemar, 2004.

-        Marx, K. H. - El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1959

-        Marx, K. H. y Engels F. – La ideología alemana. Pueblos Unidos, Montevideo, 1958

-        Marx, K. H. - Escritos de juventud. FCE. México.1982

-        Marx, K. H. – Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. [Tercer Manuscrito] Biblioteca Virtual "Espartaco", enero de 2001

-       Fromm, E. - Marx y su concepto del hombre. (Marx's Concept of Man) Frederick Ungar Publishing Co., Nueva York. 1961

-       Marx, K. H. - Introducción a la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1968

-        http://socialistworker.org/Obrero/012/012_03_Enajenacion.shtml (Consultada el 17/12/2015)


-         Goethe J. W. – Fausto. Ed. Espasa Calpe colección Austral Teatro, Madrid 2007 (5ª edición)




[1] Marx, K. H. - Introducción a la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1968
[2] Fromm, E. - Marx y su concepto del hombre. (Marx's Concept of Man) Frederick Ungar Publishing Co., Nueva York. 1961 p. 9
[3] Marx, K. H. - El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1959, t. I, p. 303 n.
[4] Marx, K. H. y Engels F. – La ideología alemana. Pueblos Unidos, Montevideo, 1958, p. 25
[5] La ideología alemana. p. 19
[6] Marx, K. H. - Escritos de juventud. FCE. México.1982. Trad. Wenceslao
[7] Marx, K. H. – Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. [Tercer Manuscrito] Biblioteca Virtual "Espartaco", enero de 2001. p. 159
[8] Zola, É. – Germinal. Ed. Valdemar, 2004. p. 6-7
[9] Marx, K. H. - Manuscritos económicos… op. cit.   p. 171
[10] Ibíd. p. 173
[11] Ibíd. p. 176
[12] Ibíd.
[13] Ibíd. p. 178
[14] Goethe J. W. – Fausto. Ed. Espasa Calpe colección Austral Teatro, Madrid 2007 (5ª edición)
[15] Ibíd.
[16] Criatura mitológica que aparece en las leyendas de los pueblos algonquinos de la costa este y de la región de los Grandes Lagos, en Estados Unidos y Canadá, la cual se alimenta de carne humana.
[17] Zola, É. - op. cit. p. 137
[18] Marx, K. H. - New York Daily Tribune, 21 de julio de 1854.
[19] Heidegger, M. – Ontología. Hermenéutica de la facticidad.  Ed. 1987 p. 52-53