martes, 13 de octubre de 2015

La poética del espacio.

Analizando la introducción de esta obra de Bachelard nos damos cuenta de que se trata a cerca de la íntima relación entre la poesía y la fenomenología, la estrechez de lazos que abarcan a la imagen poética con su resonancia y repercusión, totalmente contraria a la causalidad. Esta imagen poética habita más allá de esta causalidad, siendo imposible acceder a ella a través del puente de la filosofía científica o racionalista, este sendero donde yacen los problemas de carácter poético no debe ser hollado con los pies de la psicología o el psicoanálisis.

Como he mencionado anteriormente, Bachelard nos dice cómo el filósofo científico, como el racionalista, debe dejar a un lado este conocimiento suyo si lo que desea realmente es estudiar los problemas de carácter poético. En la imagen poética no interviene para nada el pasado, no debe partirse de ninguna base para afrontar el poema, el lector de la obra debe reconocer y ser plenamente consciente de que el acto poético no tiene pasado próximo alguno, la imagen poética no es ningún eco del pasado, no está sometida a un impulso. Al contrario de todo esto, en la imagen poética resuenan ecos de un pasado lejano, sin que pueda verse a qué profundidad va a repercutir en el lector una vez esta imagen se recree en él.

La imagen procede de una ontología directa, que es la que debe trabajarse, al tener un ser propio, en este ser encontramos las verdaderas medidas, basadas en la repercusión, inversa a la causalidad, y en la resonancia, en la que la imagen tendrá una sonoridad de ser.

Más arriba me refiero a que el psicólogo y el psicoanalista han de abstenerse de tratar hacer imperar sus razonamientos, deben abstenerse según Bachelard de excavar en el poema con el fin de “diseccionar” la vida de su autor, tratando así de buscarle un pasado al poema, tratando también de buscarle un motivo, una razón de ser, basado en la experiencia vital de su autor. Esto no debe ser así, la imagen poética debe apreciarse por sí misma, no por su autor ni sus vivencias, si bien ciertos hechos pasados han motivado al escritor, espoleándole en su obra, la verdadera importancia de la imagen poética reside en su resonancia y, mediante la expresión que crea ser, en la repercusión que esta produce en el individuo. Esta repercusión genera ciertos ecos en el lector, remueve recuerdos y provoca resonancias sentimentales, aquí es donde interviene, quizás, cierto trasfondo personal, pero no es el del poeta sino el del individuo. El pobre psicólogo, sin embargo, se pierde en la resonancia misma del poema, no llega a alcanzar la repercusión, busca emociones que hayan movido al poeta a la creación de esa imagen poética. El psicoanalista no tiene una mejor suerte, no sólo no llega a alcanzar la repercusión, al igual que el psicólogo, sino que trata de ahondar en la imagen, en el poema, trata de buscar en la propia psique del paciente y en sus vivencias, traumas y quizás trastornos, busca lo que motiva esta imagen poética, se pierde tratando de analizar la flor a partir del estiércol. No sólo no puede ver más allá, entierra la cabeza tratando de buscar en las profundidades de la misma el origen del cielo que, inocentemente, se encuentra por encima de él. Los anteojos del racionalismo les impiden, como si de un sólido muro de cristal, captar en su esencia toda imagen poética, este cristal les permite ver el poema, pero no deja que la resonancia cale en el individuo y produzca una repercusión en él. Sin duda los anteojos del racionalismo no son las gafas adecuadas para leer poesía.
Anteriormente se ha mencionado la frase de “la expresión crea ser”, esto se debe a que la propia imagen poética se recrea un número infinito de veces, los versos pasan de ser parte del papel y saltan al individuo, filtrándose a través de su mirada, calando en él. En este momento la expresión del poema está creando un nuevo ser en el lector, está adentrándose y uniéndose a él, irremisiblemente, pasando a formar parte como un órgano más de su cuerpo, de su mente y de su alma. El poema debe, primero, tocar el centro del lector, introducirse en las profundidades de su ser antes de producir cambios en la superficie.

Por supuesto el poema, la imagen, se recrea cada vez que alguien la lee, cada vez que alguien le da vida en su interior, tomando cualquier poema como ejemplo podemos ver fácilmente que las sensaciones que producen en un lector u otro son muy distintas y hasta puede que diametralmente opuestas. La imagen poética muta, se recrea constantemente, y pasa a ser parte de quien la lee, por eso decimos que la expresión crea ser.
Bachelard también nos habla acerca de la simpatía del lector hacia la obra y, por tanto quizás, al autor. En cierto modo cuando leemos algo que toca nuestra fibra sentimos que esos versos tan bellos debían ser creados, sentimos incluso que nosotros mismos podríamos… deberíamos haberlos creado de no haber sido ya hechos por el autor. Nos identificamos con lo que leemos, sentimos admiración hacia la belleza de la expresión. En cierto modo todos los lectores tenemos la necesidad de escribir, esta necesidad puede verse satisfecha o no, pero crece conforme somos testigos de más y más imágenes poéticas. Queremos expresar para crear. En cambio, ah, cuando lo que leemos nos llega a conmover, si somos testigos de una belleza sin parangón, un sentimiento profundo de humildad nos asalta y pensamos ¿Cómo podríamos nosotros alcanzar esta magnificencia escrita? Pero este sentimiento se ve rápidamente sustituido por la necesidad, ya mencionada anteriormente, de expresar nuestras propias imágenes poéticas que, por cierto, dejarán de ser nuestras y propias en cuanto alguien distinto a nosotros las perciba, les dé el ser y las haga, en cierto modo, suyas propias. En ese momento la imagen poética mutará y pasará a ser parte del lector. De este modo el autor pierde toda importancia frente a la imagen poética, frente a su obra, el autor crea una sola imagen, pero esta imagen se recreará infinitamente y variará por siempre, será eterna. Lo mismo pasa con las pinturas o con cualquier forma de arte.

Aquí el arte ya se hace autónomo, toma un nuevo punto de partida, la fenomenología liquida el pasado para enfrentarse con la novedad. El poeta asocia imágenes, cuya vida está en todo su fulgor al ser esta una superación de todos los datos de la sensibilidad. La obra supera a la misma vida en el momento que ésta es incapaz de explicarla, el arte es realmente un redoblamiento de la vida, emula las sorpresas que la vida nos ofrece y con esto nos mantiene atentos, provoca la excitación de nuestra conciencia. Lescure dice que el artista no crea como vive, sino que vive como crea.

Bachelard propone que la imaginación es la mayor fuerza de la naturaleza humana, esta imaginación es capaz de hacer que nos desprendamos del pasado e, incluso, de la realidad. Nos permite abandonar nuestra corporeidad y entregarnos a la creación mediante la expresión. Por supuesto es imposible ganancia psíquica alguna de la poesía sin hacer trabajar juntas sus dos funciones, la de lo real y lo irreal, en el psiquismo humano.

Bien, ya hemos visto en esta introducción de La poética del espacio como debemos desprendernos de todo racionalismo a la hora de abordar una imagen poética, como el psicoanalista y el psicólogo deben abstener de hurgar en el poema para tratar de extraer los restos del autor, para descifrar hechos de su vida, traumas o problemas de carácter psicológico. El problema de esto es que muchas veces el psicoanalista vuelca sus propios traumas en el autor, lo que cree ver en su poesía no deja de ser más que el reflejo de su propio subconsciente. Debemos, simplemente, contemplar la imagen poética en sí, dejar que sus resonancias trasciendan a nuestro ser, crear así “ser” mediante la lectura de la expresión, generando mutaciones en la imagen y su perpetuación, dejando que ésta pase a formar parte de nosotros. Tenemos que dejar que las resonancias del poema pasen a través de nuestra mirada, libre de las lentes de cristal del racionalismo, y generen repercusión en nosotros mismos. La imagen poética debe alcanzar nuestro centro, nuestra profundidad, y después alterar la superficie generando ecos en nuestro interior, creando así una segunda resonancia, estos ecos remueven recuerdos que yacían quizá aletargados en nuestra mente. Esta segunda resonancia, esta vez en el propio individuo, será de carácter sentimental y será la forma en que la imagen poética trascienda, de un paso más allá de la mera expresión y cree ser.

martes, 6 de octubre de 2015

El horror de lo innombrable.



Desde siempre se ha creído que las palabras tienen un poder en sí mismas, que los nombres pueden, en cierto modo, ejercer control sobre los objetos. Partimos de la definición de “nombre”, ¿Qué es, o qué son? Bien, los nombres funcionan generalmente como los núcleos de un sintagma nominal, varían en cuanto al género y número y no son más que palabras (Ya sea una o un conjunto de las mismas) que se utilizan para designar a los seres vivos, las cosas materiales, mentales, inmateriales… Es decir, los nombres definen y distinguen objetos físicos y/o abstractos.

Como he mencionado anteriormente existe la creencia de que los nombres albergan poder en sí mismos, que simplemente por conocer y poder denominar algo (o a alguien) por una o más palabras ya se ejerce control sobre el objeto en cuestión. Existen mitos y tradiciones, muchos relacionados íntimamente con el esoterismo o la demonología, tanto cristiana como la perteneciente a otras religiones. Por ejemplo el mito del gólem hebreo, un coloso hecho de materia inanimada (generalmente barro o arcilla), un constructo antropomórfico que, para ser activado, necesitaba una “chispa” o un “hálito” divino. Para insuflar vida a este ser se le inscribía alguno de los nombres de Dios o bien la palabra Emet[1] en la frente. Si se quería que el gólem llevase a cabo una orden impuesta por su creador se le introducía ésta en la boca, escrita en un trozo de papel o pergamino. Aquí vemos el poder de los nombres y de las palabras como una forma de invocar a la divinidad, otorgándole al ser de barro esa chispa de vida.

También se tenía la creencia, por ejemplo, de que al conocer el nombre de un demonio el mago o bruja en cuestión ya podía atarlo y someterlo mediante el ritual adecuado y, por otra parte, si ese demonio averiguaba el verdadero nombre del taumaturgo podía romper este encantamiento y volverlo contra el humano. Estas creencias nos llegan muchas veces en forma de literatura, muchas veces de corte fantástico, (como ejemplo sirven perfectamente muchos de los libros de las colecciones de Reinos Olvidados o Dragonlance) o incluso como “verdades” en diversos libros como las Clavículas de Salomón, por supuesto de carácter relacionado con el mundo del ocultismo, manuales medievales de la inquisición, el archiconocido Malleus Maleficarum (el Martillo de las Brujas) o también aparecen reflejados en tratados más modernos como el Summa Daemoniaca, un escrito similar a los antiguos manuales escolásticos.

Tras este breve paseo por la literatura tanto fantástica como de carácter teológico y ocultista llegamos a una conclusión, ha existido y aún perdura la creencia de que los nombres dan poder. El ser humano en sí mismo es una máquina de nombrar, necesita conocer el objeto que tiene ante él, tanto si éste se encuentra de forma física o de una forma más abstracta, el desconocimiento del mismo, la incapacidad para asociarlo a una idea le desconcierta y le llena de pavor. La mayoría no acepta que las cosas son simple e independientemente del nombre que se les quiera dar, esos “entes” físicos o abstractos están ahí les demos un nombre y su correspondiente definición o no.

Podríamos, ahora, distinguir dos mundos, uno dentro de otro:

Por un lado tendríamos el mundo que consideramos “real”, formado por todos los entes que podemos nombrar y/o definir, en este mundo el hombre se siente cómodo, a gusto y a salvo de sobresaltos, puesto que nada que no pueda nombrar va a irrumpir en su vida. Al ser capaz de explicar todo cuanto ocurre recurriendo a palabras simples, los llamados nombres, siente que nada ajeno (y tendemos a relacionar lo ajeno, lo extraño, con lo peligroso) puede interrumpir su vida. En el caso de que un ente diferente, un ente sin nombre penetre en este mundo denominado real el ser humano, morador eterno de esta esfera, no tarda en reaccionar y ponerle nombre, sintiendo así que controla la situación, sintiendo así poder sobre este ente al enjaularlo, al encapsularlo en una palabra. Este mundo real se vería dentro del mundo de los conceptos, una esfera mayor que engloba a esta.

El mundo conceptual, al estar englobando el mundo real, sería la esfera de residencia de todos los entes, de todas las cosas que… simplemente… son. Independientemente de tener nombre, siendo estas las pertenecientes a la esfera de lo real, o de no tenerlo, estas cosas serían las que se encuentran fuera de la esfera de lo real pero dentro de la conceptual, estos entes no dejan de ser.

Pero… ¿Qué ocurriría si uno de estos entes, una de estas cosas, se adentrase osadamente en nuestra esfera, en el mundo de lo real, y no fuéramos capaces de definirlo? Ahí es donde nos embargaría un inefable horror, el terror más absoluto helaría nuestra médula, puesto que nos veríamos desprotegidos contra ese invasor. Nos sentiríamos débiles y desprotegidos contra eso que no podemos nombrar, porque comprenderíamos que esa sensación de poder y control que hasta ahora teníamos ha desaparecido, se ha visto sustituida por una sensación de impotencia contra ese ente innominable que existirá pese a que somos incapaces de nombrarlo.

Esto es lo que ocurre, precisamente, en la obra del gran autor de terror norteamericano Howard Phillips Lovecraft, y también en la obra de todos los que tomándolo como referencia continuaron con su obra y le dieron forma a los famosos Mitos de Cthulhu. Los monstruos de Lovecraft, antiguos dioses primigenios tan antiguos como el mismo cosmos, son la cúspide del horror al ser estos indescriptibles para el ser humano. En la mayoría de los casos la mera visión de estos seres causa la locura total o, incluso, la muerte por pánico[2]. Todo este horror surge debido a que estas criaturas resultan indescriptibles, por tanto carecen de verdaderos nombres con las que “someterlos”. En la misma obra del autor, poco a poco, se van descubriendo los nombres de muchas de estas criaturas: Cthulhu, Hastur, Nyarlathotep, Azathoth… Pero aun así muchas otras criaturas permanecen sin nombres definidos, al igual que sin una forma clara y descriptible, siendo estos seres moradores de varias dimensiones y teniendo una forma que trasciende las leyes matemáticas y la tridimensionalidad, además de ser su cuerpo capaz de burlar toda ley física. Lovecraft no se queda ahí, sino que va más allá, mucho más allá. No se limita a esas criaturas informes y caóticas, también crea construcciones y arquitecturas que no cumplen con la geometría eclidiana, edificios que también nos aterran por ser indescriptibles e innombrables.

Por esto triunfó Lovecraft, el gran maestro de la literatura de terror del siglo XX, por ser capaz de ir más allá de esas manifestaciones horripilantes que hasta ahora habían sido vampiros, licántropos, demonios y otras aberraciones y seres de la noche. Supo romper, de forma magistral, con lo establecido y nos recordó nuestro miedo más profundo, un miedo que yace enterrado en lo más hondo de nuestro subconsciente, el miedo a lo indescriptible y el horror, el verdadero horror… ¡el horror de lo innombrable!



















[1] אמת—"verdad" en hebreo.
[2] Véase El Morador de las Tinieblas.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Henriada X


-Muere, antes de sentir mis males y tu desdichada suerte: 
Devuélveme la vida, la sangre que te ha sido procurada;
que mi pecho desdichado te sirva de fría sepultura, 

que por lo menos, vea París una nueva muerte.- 
Y acabando estas palabras, furiosa y atormentada
en el costado de su hijo con su mano y su locura 

hunde temblando el impío acero infernal:
Lleva el cuerpo ensangrentado junto al hogar; 
y con el brazo que guía el hambre sin piedad 

prepara ávidamente esta comida demencial.
Por el alma de su retoño no hace mas que rogar
que Dios se apiade de su inhumanidad.

Francia, siglo XVI, durante las guerras de religión, en Sancerre y París, una vez fueron devorados animales, pergaminos, sebo y grasa, fueron desenterrados muertos y se trituraron para hacer el pan de madame Montpensier. Todos los que comieron de él terminaron muertos. Finalmente, incluso las madres se alimentaron con la carne de sus hijos como recoge el poema de Voltaire, que me he tomado la libertad de adaptar y retocar ligeramente. 
Nota: El primer dibujo es mío, el segundo es un grabado de Fracisco de Goya. Evidentemente no estoy a su altura...


domingo, 10 de mayo de 2015

Crónica de un hombre muerto.



Querido y fiel amigo, puede que las siguientes palabras que se dispone a leer le hagan pensar en una broma de mal gusto o en una tomadura de pelo. Pues bien, ¡no lo es! y estaría dispuesto a jurarlo sobre mi propia tumba.

Claro está que usted pensará que es imposible que este texto esté escrito por su buen amigo Howard -es decir, un servidor- fallecido hará un mes. Supongo que, gracias a su no poca inteligencia y su complejo de Sherlock Holmes reconocerá mi letra y mi forma de expresarme.

Le escribo el siguiente manuscrito para informarle acerca de mi peculiar estado y para saber su opinión al respecto, ya que usted es un reputado forense. Dicho manuscrito estará en el escritorio de su despacho y créame, no es recomendable que me vea en persona hasta que su lectura de este manuscrito quede concluida.

Sin más dilación procedo a contarle mi peculiar historia:

Como usted bien sabe vivo en Londres desde hace dos años con mi bella, pero interesada, esposa en una gran y lujosa casa a las afueras de la ciudad, pero ¡ay! el destino no siempre es benevolente con los viejos ricos, ya que un día me hallaba en la mundana tarea de sustituir las tejas de mi tejado por otras nuevas, cuando, quiso la mala fortuna o tal vez el destino que me resbalase y cayese a plomo del tejado abriéndome la cabeza contra el suelo y teniendo una "muerte" rápida.

Visto está que arreglar tejados no es cosa de escritores -torpe de mí- y debido a mis escasos reflejos me fue imposible evitar el traspié. Pero cuando todos, y digo todos incluyéndole a usted me creían muerto, no lo estaba.

Si, parece sacado de un cuento de nuestro querido Poe ¿verdad?, en ese estado de "no-muerte" en realidad estaba sumido en una especie de letargo, del cual desperté el día de mi funeral al ser enterrado vivo... bueno... vivo no.

Dentro del ataúd empecé a examinar mi estado, respiraba pero no me era necesario, simplemente, lo hacía por un mero reflejo de mi cuerpo, tampoco sentía dolor. Esto último lo descubrí cuando dejaron caer a plomo mi ataúd -¡brutos!- en aquel infecto agujero al que llamaron sepultura.

En fin, conseguí escapar abriéndome paso a través de la madera de mi ataúd, la cual era de mala calidad, -Ya hablaré sobre esto con mi esposa- tras escapar me dejé caer en la hierba del camposanto. Debería estar cansado, pero no lo estaba, lo cual me sorprendió. Así que me puse en pie y miré en derredor, descubrí que podía ver todo con una gran nitidez, sin ayuda alguna de mis lentes. La Luna bañaba todo el cementerio con sus débiles rayos lunares, los cuales corrían como finos ríos de plata por entre las tumbas.

El lugar en todo su esplendor se entendía a mis pies como una bella obra de arte, en la cual, sus protagonistas, sin duda, eran los frío ángeles de mármol que servían a modo de guardianes de las sepulturas y como testigos de mi regreso al mundo.
¡Gracias a Dios que era de noche! ¿Se imagina a alguien saliendo de su propia sepultura en plena noche?... No, seguro que no, usted es un hombre de ciencia querido amigo.

Tras echar una última mirada al cementerio me fui caminando a paso ligero hasta un granero abandonado que estaba en las cercanías para pensar en mi próximo movimiento, pues estaba claro que no me iba a pasear por las calles de nuestra bella ciudad londinense en mi estado ¿verdad?...Sí, claro que sí.

Y... bueno... seguro que habrá oído noticias sobre mi tumba vacía, ¿verdad?...Sí, por supuesto que sí.
Saqueadores de tumbas dijeron... ¡Ja! les digo yo.
Le digo mi buen amigo que no le de crédito a dichas noticias pues la verdad, la única verdad se la acabo de proporcionar yo en esta misiva.

Esta vez la Diosa Fortuna me sonrió, ya que, antes de llegar al granero me encontré con un carromato discurriendo a toda velocidad por el camino de tierra y justo cuando iba a pasar por delante mía me arrojé al camino.
Dicho carromato me pasó por encima provocando un escalofriante sonido, el sonido de mi columna vertebral al quebrarse.

Y de como he llegado a usted doctor, pues no ha sido muy difícil, verá se lo explico:
Los ocupantes del carromato asustados me trajeron a su consulta en un vano intento de salvarme de las garras de la muerte pensaron que era un pobre borracho que se había caído en mitad del camino -¡Estúpidos!-
Si, esta misma mañana usted atendió a un hombre en estas condiciones, ¿Lo recuerda?...Sí, claro que sí.

Se lo resumo doctor, Usted mismo me ha tenido delante ante sus ojos y no me reconoció. Usted me ha practicado una autopsia esta misma mañana. Y usted no está dando crédito a esta carta ¿Verdad?...

Así que me dispongo a proporcionarle una prueba evidente, verá, usted solo tendrá que girarse, pues en este momento estoy detrás de usted.


Puede sentir mi aliento en su nuca ¿verdad?... Sí, claro que sí.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El ensordecedor silencio




“No soy muy dado a escribir diarios, de hecho me siento estúpido mientras escribo estas líneas, pero bueno, supongo que más que un diario podría considerarse una nota, una última carta… Un adiós.

Jamás olvidaré aquel frío día de noviembre, recuerdo perfectamente el repicar de la lluvia contra los cristales. Como diminutas saetas, las gotitas se fragmentaban produciendo un murmullo constante y apagado que rompía el silencio que, al parecer, ese día había hecho suya la casa.

Subí apesadumbrado los escalones (ese maldito trabajo en la oficina no hace más que drenar mi vitalidad), otro lunes más. El maletín con los informes para el día siguiente se hacía más pesado a cada paso que daba, recordándome mi alienación, mi condición de esclavo, como si de unos grilletes se tratara. Tan agotado estaba que mis manos, temblorosas, hicieron caer un par de veces las llaves al suelo con un tintineo metálico, otro rival del silencio de la casa.

Una vez abierta la puerta busqué a mi gato con la mirada, con la esperanza de encontrar una cara amiga en ese día de perros, pero en lugar del ronroneo habitual que esperaba, un bufido rompió mis expectativas. El felino, agazapado tras el paragüero emprendió una carrera precipitada, huyendo de la casa, enarbolando su negra cola erizada como un estandarte de la cobardía. Al pasar entre mis piernas sentí su pelaje, como el colchón de un faquir, rozando mis tobillos, como única despedida. No volví a saber nada del que durante tantos años fue mi único compañero.

Anonadado, dejé caer el maletín, lo que mi dolorido brazo agradeció, y abrí la boca de la sorpresa y el espanto al ver cómo los documentos que contenía se desparramaban por el suelo en una cascada de papel y tinta. El maremágnum de impresos se extendía por el recibidor como una segunda alfombra.

Antes de tener tiempo siquiera de maldecir mi torpeza y mi mala suerte una ráfaga de aire helado me golpeó en la cara, devolviéndome a la caótica y confusa realidad en la que me encontraba y cerrando la puerta de un portazo atroz. De repente se hizo el silencio por completo, la lluvia cesó y un silencio ensordecedor y omnipresente se adueñó por completo de la casa, hasta que un sollozo femenino le arrebató el dominio sobre mi morada.
El sollozo me provocó instantáneamente una pena y una desazón terribles. Paralizado por el espanto, permanecí completamente quieto hasta que reuní el valor suficiente para ir hacia el salón de dónde provenía.

Cada paso que daba sobre aquel suelo de madera enmoquetado era una mullida y crujiente puñalada contra el silencio que, con el cese del lamento, volvía a ser soberano. Tras una docena de crujidos alcancé finalmente mi objetivo. A fin de esclarecer la fuente del sonido que tanta desazón me había producido apenas diez segundos antes, abrí lentamente la puerta. Las bisagras gimieron, doloridas, estrangulando el silencio con manos metálicas y oxidadas. Cuando abrí un hueco lo suficientemente grande me asomé al interior y sigiloso, como mi recién desaparecido felino, me colé en el interior de la estancia, únicamente iluminada por la luz de los astros, que se derramaba en la estancia a través del balcón.

Aterrado y fascinado por lo que vi, caí al suelo incapaz de articular palabra. Cerca de la ventana, sobre un mullido sillón, permanecía sentada una figura femenina, blanca, como tallada en mármol, su cabello parecía nieve vertida sobre sus hombros y su vestido era de una blancura imposible. Sus ojos, dos puñaladas de luz, atravesaron mi corazón cuando se clavaron en los míos. Su rostro aparecía ensombrecido por una profunda tristeza.

Las preguntas se sucedían vertiginosamente en mi cabeza, una tras otra bailaban caóticamente sin darme tiempo suficiente a pensar en respuestas. ¿Cómo había entrado allí? ¿Qué quería de mí? ¿Quién… o qué era? Cuando quise reaccionar, era demasiado tarde; había desaparecido. Solo una pregunta había sobrevivido a la lucha interna y flotaba sobre mi cabeza, como un fantasma, hostigándome una y otra vez. ¿Cómo se llamaba?

Pasaron los días, el silencio seguía haciéndose fuerte en mi domicilio, los días y las noches estaban marcados por el inconfundible estruendo de la nada, por lo ensordecedor que resultaba el silencio. Había perdido la esperanza de volver a ver a mi gato y no volví a pisar la oficina. Apenas comía y dormía. Solo podía pensar en ella. No sabía su nombre, no sabía absolutamente nada.

Pasaron los días hasta que volví a verla. En esta ocasión ya me encontraba en el salón, intentando distraerme ojeando un libro, cuando apareció. Sin previo aviso un frío hiriente se extendió por la sala, las luces se apagaron y una fina película de escarcha comenzó a cubrirlo todo. Asustado me puse en pie y miré a mi alrededor; ya sabía lo que venía ahora.

El rugido del dragón del silencio se vio interrumpido por la espada plateada del lamento que lo cortó de un solo tajo. Allí estaba ella, con su rostro apoyado contra el cristal de la ventana, mirando a través de ella con esos ojos cuyo brillo parecía arrancado de las mismas estrellas que contemplaba. Me acerqué, lentamente, y pude ver que, pese a su cercanía con el cristal de la ventana, su aliento no provocaba que el cristal se empañase. Al contrario que los míos, sus labios no expulsaban vaho, a pesar del frío que había hecho suya la estancia, arrebatándosela al silencio.

No sé cuánto tiempo más permanecí mirándola, podrían haber sido minutos, horas incluso. El lamento se extinguió y el silencio comenzó a zumbar nuevamente en mis tímpanos. De repente un sonido metálico rompió la quietud: era mi despertador anunciando la inminente salida del sol. Apenas quedaba media hora antes de que una enorme bola de gas rojo e incandescente pasara a sustituir a la gibosa y fría luna.

La aparición me miró fijamente, sentí sus ojos como dos punzones al rojo vivo socavando mi alma. Abrí los labios y lentamente, masticando las palabras, le pregunté su nombre. Me miró y una diminuta lágrima se descolgó de sus ojos, cayendo al suelo y estrellándose con un ahogado estruendo en la moqueta, donde permaneció congelada, como un témpano de hielo.

Sin mediar palabra abrió de golpe la ventana y saltó, cerrando los ojos y precipitándose al vacío. No tuve tiempo siquiera de reaccionar, todo transcurrió demasiado rápido y estaba demasiado absorto como para percatarme de nada.

Me asomé a tiempo de ver cómo su blanca melena ondeaba tras ella; cómo sus blancas vestiduras se agitaban en su caída, extendiéndose a su espalda como si fueran alas. Su cuerpo, que parecía hecho de la más fina porcelana se rompió contra el pavimento y desapareció sin dejar rastro.

Recogí la lágrima helada que había quedado en el suelo, demasiado aturdido para comprender lo que había ocurrido. Lentamente el calor volvió a la habitación, la escarcha abandonó su reino helado, devolviéndole al silencio el control de mi casa. La lágrima se deshizo en la palma de mi mano, dejando unos regueros de sal en ella, intrigado, me acerqué para verlos mejor. No podía creer lo que mis veían mis ojos. Escrito en la palma de mi mano aparecía:

“Helena, Helena es mi nombre.”

Así que este era el nombre de la aparición, de ese espectro suicida que había robado mi razón, mi corazón, llevándoselo con ella al abismo hacia el que se había precipitado…

Desde entonces no he vuelto a verla. No aguanto más este ensordecedor silencio que amenaza con volverme loco, si no lo ha hecho ya. No puedo resistir esta silenciosa tortura yo solo. No sin ti, Helena.

Aguarda, pues voy tras de ti. Si no vienes a mí, iré yo a buscarte al mismísimo Hades, si es necesario. Voy en pos de ti, el vacío me llama, me tienta con la promesa de poder contemplar de nuevo la luz de tus ojos, el blanco de tu piel, tu nívea cabellera. Adiós, adiós al ensordecedor silencio, adiós a todo. Adiós.”

El sonido de un cuerpo estrellándose contra el pavimento rompió el ensordecedor silencio de aquella fría mañana del 13 de noviembre.

Antes de nada

Que como bien dijo Goethe “en el principio fue la acción”

Antes de nada pido disculpas; perdón si he entrado en tu hogar, querido lector, sin haber llamado primero y sin haberme presentado. Te ruego, de nuevo, perdón si te has dado de bruces conmigo al girar alguna esquina de la red. Una vez quede disculpado por tu parte continúa leyendo.

¿Quién soy?

Me presento, mi nombre es Julio, eso no es ningún misterio, aunque también me llaman Mefisto, puedes dirigirte a mí como desees, no pondré pegas.

¿Por qué estoy aquí?

He creado este blog con el fin de “airear” un poco lo que escribo, quitarles ese olor rancio a mis relatos, que tienen debido al tiempo que han pasado guardados en un cajón o cogiendo polvo en estanterías olvidadas y cubiertas de moho.

¿Qué te cabe esperar?

Antes de nada (Ya me estoy repitiendo) me gustaría advertirte de algo, no escribo para que me leas, no escribo para ti... Lo sé, lo sé, suena raro teniendo en cuenta que me estoy dirigiendo a ti y que esto es un blog público en la red, pero a lo que yo me refiero, estimado lector, es que escribo para mí. (Oh, colmo de la egolatría) No escribo con el fin de agradarte la vista, ni regalarte cosas bonitas, enternecedoras… ¡nada de eso! Escribo como una forma de desahogarme, y parte del procedimiento es publicarlos en la red.
Algunos de los escritos van acompañados de dibujos, la mayoría de mi autoría.
¡Ahá! Sorpresa.

Sin más, te dejo con mis escritos, espero que los disfrutes. De lo contrario… bueno, siempre puedes dejar de leer.


Un saludo y bienvenido.